Cristianismo

La luz que transfigura

Una mirada contemplativa al segundo domingo de Cuaresma (san Mateo 17, 1-9).

Hay momentos en la vida que no se eligen y que, sin embargo, lo cambian todo. Momentos en que algo que estaba oculto se revela de golpe, sin aviso, sin preparación posible. La tradición cristiana tiene una palabra para eso: transfiguración. Y Mateo, con su habitual economía narrativa, lo cuenta en nueve versículos que contienen más de lo que cualquier comentario puede agotar.

Jesús sube al monte con tres discípulos. Y allí, en el silencio que solo la altura conoce, ocurre algo que no tiene nombre en el lenguaje ordinario: su rostro brilla como el sol, sus vestiduras se vuelven blancas como la luz, y por un instante los que están con él ven lo que siempre había estado ahí, invisible a los ojos habituados a lo cotidiano.

La gloria escondida. La realidad debajo de la apariencia. Lo que es, despojado de lo que parece.

Subir cansa. Por eso tan pocos suben.

El relato comienza con un verbo físico: subir. No contemplar, no recibir, no esperar. Subir. El encuentro con lo esencial no se produce en el llano de la comodidad sino en la pendiente que cuesta. Algo hay que dejar atrás para poder ascender, porque nadie sube una montaña con la mochila llena de lo que no necesita.

La Cuaresma propone precisamente eso: un examen honesto de lo que llevamos. No para flagelarse, sino para aligerarse. El ayuno, la oración, el dar al otro: no son penitencias en el sentido de castigos que hay que cumplir. Son gestos de vaciamiento. Maneras de soltar lo que ocupa el lugar de algo más importante.

Orígenes, el gran teólogo alejandrino del siglo III, leía el monte de la transfiguración como imagen del alma que asciende hacia Dios mediante el conocimiento y la purificación. «No subas al monte sin haberte purificado», escribía, «porque quien sube sin haberse vaciado no verá la luz sino su propio reflejo.» La advertencia sigue siendo pertinente. Subimos con frecuencia cargados de nosotros mismos —de nuestras certezas, nuestras agendas, nuestras interpretaciones previas de lo que vamos a encontrar— y luego nos extrañamos de no ver nada nuevo.

Yo he aprendido, no sin resistencia, que cargar con todo no es virtud. Es a veces una forma sutil de control, la ilusión de que si lo sostengo todo no se caerá nada. El monte enseña que hay que ir con menos para llegar más alto. Y que lo que se suelta en el camino, con frecuencia, no hacía tanta falta como creíamos.

La luz que no acusa

En la cima ocurre la transfiguración. Y lo primero que hay que decir de esa luz es lo que no hace: no humilla, no aplasta, no señala con el dedo. La luz de la transfiguración no es la luz del interrogatorio sino la de la revelación. Ilumina para mostrar, no para condenar.

San León Magno, papa del siglo V y uno de los más lúcidos comentadores de la transfiguración, escribía en un sermón que el propósito de la escena no era solo revelar la divinidad de Cristo sino confirmar la esperanza de los discípulos: «La transfiguración tuvo lugar principalmente para que el escándalo de la cruz no perturbara la fe de los discípulos, sino que lo que estaba oculto bajo la humildad de la carne les fuera manifestado.» La luz no es un privilegio de la cima. Es una promesa para cuando se baje al valle y todo parezca oscuro.

San Juan de la Cruz, que conoció la oscuridad como pocos, sabía también de esta luz. Sabía que la noche oscura del alma no es el destino sino el tránsito, y que al otro lado de la oscuridad no hay premio ni recompensa sino simplemente claridad. Ver con más verdad. Ser visto con más verdad.

Hay zonas en cada vida que preferimos mantener en penumbra. Relaciones rotas que no hemos querido mirar de frente. Tristezas que hemos aprendido a rodear en lugar de atravesar. Hábitos que nos gobiernan y a los que hemos cedido la llave. La luz de la transfiguración no entra para acusar sino para curar. Esa es la diferencia entre el escrúpulo y el discernimiento, entre la culpa que paraliza y la conciencia que libera.

Una voz que no compite

En el monte hay también una voz. No un discurso, no una argumentación. Una sola frase: Este es mi Hijo amado. Escúchenlo.

San Agustín, meditando sobre este pasaje, señalaba que la voz del Padre no añade información sino orientación: «No dice quién es, dice a quién hay que escuchar. Porque si escuchas al Hijo, sabrás quién es el Padre.» Es una inversión del orden habitual: primero la escucha, luego el conocimiento. Primero el silencio, luego la comprensión. No al revés.

Vivimos rodeados de voces que compiten por nuestra atención con una violencia que hemos normalizado. Voces que exigen, que comparan, que juzgan, que prometen lo que no pueden dar. En ese ruido permanente, aprender a distinguir la voz que nos llama por nuestro nombre se ha vuelto uno de los ejercicios espirituales más difíciles y más urgentes de nuestro tiempo.

Esa voz no grita. Nunca ha gritado. Por eso necesita silencio para ser escuchada. Por eso el monte, por eso la oración, por eso estos cuarenta días que la tradición ofrece como espacio de escucha. León XIV lo ha puesto en el centro de su mensaje cuaresmal de este año: escuchar antes de hablar. Dejar que el clamor del otro —y el propio clamor interior— sea recibido sin ser inmediatamente interpretado ni silenciado.

Escuchar es un acto de humildad profunda. Reconocer que no lo sabemos todo, que la realidad es más grande que nuestra lectura de ella, que hay algo que se nos escapa y que merece atención. En la tradición contemplativa, escuchar y orar son casi sinónimos. La oración auténtica no es un monólogo sino una apertura, una disposición a ser sorprendido por lo que llega.

Moisés y Elías, o la fe que tiene raíces

En la montaña aparecen también Moisés y Elías. La Ley y los Profetas. La memoria larga de un pueblo que ha caminado antes que nosotros por desiertos propios y ajenos. Su presencia en el relato no es decorativa: recuerda que nadie comienza de cero, que la fe que hoy vivimos tiene raíces más profundas de lo que solemos imaginar.

San Ireneo de Lyon, en el siglo II, insistía en que la aparición de Moisés y Elías junto a Cristo en el monte revelaba la continuidad de la historia de la salvación: «El Padre es el mismo que habló en el pasado y habla ahora. La voz no cambia; cambia la plenitud con que se manifiesta.» No hay ruptura sino maduración. No hay sustitución sino cumplimiento. Una visión que vale tanto para la historia del pueblo de Israel como para la historia personal de cada creyente: lo vivido no se borra, se integra y se transfigura.

En un tiempo donde todo tiende a lo inmediato, donde la memoria se ha vuelto sospechosa y la tradición sinónimo de obstáculo, el relato de la transfiguración propone algo contracultural: que para ver con claridad el presente, a veces hay que dejarse sostener por lo que viene de lejos. No como nostalgia sino como raíz. No para quedarse en el pasado sino para que el pasado nos de suelo firme desde el que caminar hacia adelante.

Los Padres y Madres del Desierto son también parte de esa nube de testigos. Gente que subió su propio monte y bajó con algo que no había llevado al subir. Amma Syncletica, que vivió el ascetismo hasta sus últimas consecuencias, advertía: «Muchos han encontrado la salvación en la ciudad, y muchos se han perdido en el desierto. No es el lugar lo que transforma, sino el deseo del corazón.» La transfiguración no ocurre en el monte por ser monte. Ocurre porque hubo disposición para que ocurriera.

Bajar: donde se comprueba la luz

El relato termina con un gesto sencillo que contiene todo: Jesús toca a los discípulos, que se han postrado de miedo, y les dice: Levantaos. No tengáis miedo. Y bajan del monte.

San Juan Crisóstomo, comentando este descenso, observaba algo de una modernidad sorprendente: «Cristo no los deja en la cima porque la contemplación que no desciende al servicio es contemplación incompleta. La luz recibida en el monte tiene que alumbrar el camino del valle.» La mística sin ética, la experiencia interior sin consecuencias en el trato con los demás, es una espiritualidad a medias.

Lo que se recibe en el silencio del monte se verifica en el ruido del valle. La transfiguración que no cambia la mirada con que se mira a los otros no ha terminado de ocurrir. La oración que no nos hace más compasivos, más pacientes, más capaces de presencia real junto a quien sufre, todavía necesita madurar.

Bajar no es fracasar en la contemplación. Es completarla.

Este segundo domingo nos ofrece una imagen que podría ser el icono de toda la Cuaresma: tres hombres que suben, que ven algo que los deja en el suelo, que son tocados, que se levantan y que bajan.

Subir con lo justo. Ver sin miedo lo que la luz revela. Escuchar la voz que nombra lo esencial. Dejarse tocar por lo que nos supera. Levantarse. Bajar con algo diferente en los ojos.

No hace falta un monte geográfico para que eso ocurra. Hace falta disposición. Hace falta el valor de apartarse del ruido el tiempo suficiente para que los ojos se acostumbren a otra clase de luz. Hace falta confiar en que lo que se encuentra al final del ascenso vale más que todo lo que se deja en el camino.

La Cuaresma es esa invitación. Cada año, la misma. Cada año, distinta, porque quien sube no es el mismo que subió el año anterior. Y la luz, que no cambia, lo ilumina de manera diferente cada vez.

Gregorio de Nisa, el gran místico capadocio del siglo IV, escribía que el verdadero encuentro con Dios no produce saciedad sino hambre más profunda: «El alma que ha visto a Dios no queda satisfecha; queda encendida.» Eso, me parece, es lo que Pedro, Santiago y Juan bajaron del monte sin saber todavía qué llevaban: no una respuesta, sino una llama. No una certeza, sino un deseo que ya no podría apagarse con nada pequeño.

Quizá eso es lo que la Cuaresma, en su mejor versión, puede hacer también en nosotros.

Oración desde el monte

Señor, llévame al monte cuando tenga valor, y al llano cuando me crea capaz de quedarme.

Vacíame de lo que llamo certeza y que es solo miedo con mejor nombre.

Que tu voz —la que no compite, la que espera— encuentre en mí algo de silencio donde posarse.

No pido ver tu rostro. Pido reconocerte en el gesto pequeño, en la mano tendida, en el pan partido sin preguntar por qué.

María, tú que guardaste en silencio lo que no podías comprender, tú que supiste esperar sin que nadie te explicara el final, intercede por los que suben sin saber a qué. Por los que bajan sin saber qué llevan. Por los que se quedan a mitad del monte sin fuerzas para seguir y sin valor para volver.

Madre del que fue transfigurado y del que fue crucificado —el mismo, siempre el mismo—, enséñanos esa fe tuya que no necesitaba entender para permanecer.

Y cuando esté en el monte y la luz me deje en el suelo, que haya alguien que me toque el hombro y diga: levántate. No tengas miedo.

Que eso me baste.

Autor.

Dejar una respuesta