Cuando el hombre reniega de sí mismo
El movimiento ´therian`, el transhumanismo y la quiebra de una civilización.
Hay momentos en la historia en que un fenómeno aparentemente marginal ilumina, como un relámpago, el estado real del alma colectiva. El movimiento therian —jóvenes que se identifican psicológica y en ocasiones físicamente con animales, que galopan a cuatro patas en parques públicos, que sienten «miembros fantasma» como colas o garras, que afirman no ser del todo humanos— podría parecerle al observador superficial una extravagancia pasajera, una rareza de internet. Lo es. Pero al mismo tiempo es algo mucho más grave: es un síntoma. Un síntoma de la degradación de una civilización que ha perdido el hilo de lo que significa ser hombre.
No escribo estas líneas con desprecio hacia quienes sufren. Conozco demasiado bien el dolor de no encajar, la búsqueda desesperada de identidad, el vacío que produce una cultura que ha abandonado a sus hijos. Escribo desde la compasión, pero también desde la claridad que otorga haber atravesado el desierto —interior y exterior— y haber regresado sabiendo que la condición humana no es una jaula de la que huir, sino una dignidad que custodiar.
El fenómeno
El término therian proviene del griego thḗrion (bestia, animal salvaje) y ánthrōpos (ser humano). En la subcultura contemporánea —surgida en los foros de internet de los años noventa y expandida viralmente por TikTok e Instagram— designa a quienes creen tener una identidad no completamente humana, fusionada con un animal específico llamado theriotype: lobo, zorro, felino, cuervo, incluso dinosaurios extintos. Algunos hablan de vidas pasadas, otros de psicología, otros de espiritualidad. Muchos son adolescentes y jóvenes adultos. Practican los llamados shifts —momentos en que sienten emerger su naturaleza animal—. Se reúnen en parques. Se ponen máscaras y colas. Caminan a cuatro patas. En América Latina y Europa el fenómeno se expande con velocidad inquietante entre generaciones que han crecido sin raíces, sin silencio, sin sentido.
Los psicólogos clínicos se apresuran a decirnos que no es una patología en sí misma, siempre que no cause «disfunción significativa». Cierto: clasificar no es comprender. Y lo que aquí importa no es el diagnóstico individual, sino la pregunta que el fenómeno colectivo nos lanza a la cara: ¿por qué millones de jóvenes prefieren identificarse con una bestia antes que con su propia humanidad?
La Escritura y la bestialización como advertencia
Las tradiciones bíblicas no son ajenas a esta imagen. En el libro de Daniel, el rey Nabucodonosor —arquetipo del poder desvinculado de Dios, del hombre que se cree dios— sufre una humillación perfectamente simbólica: se vuelve bestia. «Fue expulsado de entre los hombres, comía hierba como los bueyes, su cuerpo se bañaba con el rocío del cielo, hasta que sus cabellos crecieron como plumas de águila y sus uñas como garras de ave» (Dn 4,30). No es un castigo arbitrario. Es la consecuencia lógica del olvido de sí mismo: quien niega la fuente de su dignidad retrocede hacia lo que está por debajo de ella.
El salmista también conoce este umbral. «El hombre, en su esplendor, si no comprende, es como las bestias que perecen» (Sal 49,21). No se trata de un insulto al animal —la creación entera es buena— sino de un diagnóstico preciso: la grandeza del ser humano reside en la comprensión, en esa chispa capaz de reconocer lo sagrado. Perderla es una forma de muerte.
El Génesis funda la dignidad humana en un suelo que ninguna ideología puede labrar: «Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gn 1,27). Esta imago Dei no es un ornamento teológico. Es la afirmación más radical posible de lo que somos: seres que apuntan hacia arriba, no hacia abajo. Negarla no es progreso. Es amputación.
San Pablo, en su carta a los Romanos, describe con escalofriante exactitud el proceso de degradación cultural: cuando los seres humanos cambian «la gloria del Dios incorruptible por imágenes de hombres corruptibles, de aves, cuadrúpedos y reptiles» (Rm 1,23), comienza una cadena de confusiones que no se detiene. La intercambiabilidad de lo humano y lo animal —lejos de ser un signo de libertad— es para Pablo la señal de una conciencia que ha perdido el centro.
El libro de los Proverbios añade una nota de sabiduría práctica: «El que no tiene gobierno sobre su propio espíritu es como ciudad derribada y sin muros» (Pr 25,28). La identidad sin anclaje interior es una ciudad indefensa. Y en esa ciudad derrumbada se instala cualquier invasor, incluida la fantasía de ser un lobo.
El profeta Ezequiel, con su imagen del corazón de piedra que debe convertirse en corazón de carne (Ez 36,26), intuye que el problema de fondo es siempre el mismo: la dureza, el bloqueo interior, la incapacidad de abrirse a lo que verdaderamente somos. La solución que ofrece Dios no es la animalización sino la transformación: no hacia abajo, sino hacia dentro.
El transhumanismo: el mismo error en sentido inverso
El movimiento therian y el transhumanismo parecen polos opuestos. El primero quiere descender al animal; el segundo aspira a superar lo humano mediante la tecnología, la ingeniería genética y la inteligencia artificial. Pero comparten una misma raíz: el rechazo a la condición humana tal como es. Uno huye de ella hacia abajo; el otro, hacia arriba por medios propios. Ambos son formas de fuga. Ambos son formas de soberbia.
El transhumanismo propone al ser humano como un proyecto inacabado que la técnica debe completar y superar. La muerte misma se convierte en un problema de ingeniería. El filósofo político Michael Sandel señalaba lúcidamente que uno de los males más profundos de la modernidad es precisamente ese «individualismo voluntarista» combinado con la voluntad de rediseñar la naturaleza humana desde la raíz. El médico La Mettrie, en el siglo XVIII, ya había trazado el camino con su El hombre máquina. Hoy sus herederos están en Silicon Valley.
Ambos movimientos —el therian y el transhumanista— son hijos de la misma orfandad espiritual. Son la respuesta enferma a una pregunta legítima: ¿qué soy? ¿Hacia dónde voy? ¿Hay algo en mí que valga la pena custodiar? La cultura del espectáculo no ha sabido responder estas preguntas. Y en ese vacío crecen los lobos y los ciborgs.
La voz de los Padres de la Iglesia
Los Padres de la Iglesia elaboraron con rigor el concepto de imago Dei: el ser humano es imagen y semejanza de Dios, y esa imagen —aunque herida— define su dignidad irreductible. Gregorio de Nisa, en su De hominis opificio, insiste en que el ser humano no tiene su punto de referencia en el animal sino en Dios. La vida virtuosa es el proceso de recuperar esa imagen, de pulir el espejo del alma hasta que vuelva a reflejar lo que desde siempre era.
Orígenes advirtió que el alma puede descender o ascender: puede hacerse más parecida a Dios o más parecida a las bestias, según sus elecciones. No como condena metafísica, sino como proceso de asimilación: nos parecemos a aquello con lo que nos identificamos. El joven que pasa horas viendo contenido therian en una pantalla, eligiendo un theriotype, construyendo una identidad animal, está ejerciendo esa asimilación, aunque sin saberlo.
Clemente de Alejandría criticaba la religiosidad pagana que divinizaba animales —el ibis egipcio, el cocodrilo, el lobo— porque esa inversión de la jerarquía simbólica producía inevitablemente una inversión moral. Cuando lo que está debajo de lo humano ocupa el lugar de lo que está encima, la brújula interior se extravía.
San Agustín, tan cercano a la sensibilidad del Papa León XIV, resume el drama en una frase que sigue siendo el diagnóstico más certero de nuestra época: «Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones I,1). La inquietud del joven therian es auténtica. Lo que falla es la dirección del movimiento.
El Papa Francisco y el Papa León XIV: voces proféticas
El Papa Francisco, en el documento Dignitas Infinita (2024) y en numerosas intervenciones, advirtió que vivimos en una era «rica en tecnología pero pobre en humanidad», y que todo sistema —tecnológico o ideológico— que instrumentalice al ser humano viola su dignidad inalienable. Frente a las tentaciones de una cultura que convierte la identidad en un producto de consumo y al cuerpo en un territorio de experimentos, Francisco insistió en que la persona humana no es un proyecto, sino un don.
El Papa León XIV ha recogido y profundizado este magisterio con una urgencia que define su pontificado desde el primer día. En su discurso ante el Colegio Cardenalicio explicó el por qué de su nombre: «El papa León XIII, con la histórica Encíclica Rerum novarum, afrontó la cuestión social en el contexto de la primera gran revolución industrial; y hoy la Iglesia ofrece a todos su patrimonio de doctrina social para responder a otra revolución industrial y a los desarrollos de la inteligencia artificial, que comportan nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y el trabajo.» El círculo se cierra: lo que en el siglo XIX fue la explotación del cuerpo del obrero, hoy es la explotación de la identidad del ser humano.
Ante la Conferencia Episcopal Italiana, León XIV fue todavía más preciso en su diagnóstico: «La dignidad humana corre el riesgo de ser aniquilada u olvidada, sustituida por funciones, automatismos y simulaciones. Pero la persona no es un sistema de algoritmos: es una criatura, una relación, un misterio.» Esta frase podría ser también la respuesta más certera al movimiento therian: el joven que se identifica con un lobo no es un lobo. Es una criatura. Es una relación. Es un misterio.
Su primera encíclica, cuyo título provisional es Magnifica Humanitas, va a entrar de lleno en la dignidad de la naturaleza humana creada por Dios, centrada sobre todo en la cuestión antropológica: ideología de género, transhumanismo, reto demográfico, con un mensaje que, según los analistas vaticanos, no será «un simple listado de recomendaciones humanistas sino un llamamiento profético a poner a Dios en el centro del corazón del hombre.» Es el antídoto que este tiempo necesita.
León XIV ha diagnosticado con claridad una «cierta pérdida del sentido de humanidad en las sociedades», que exige «reconocer y respetar lo propiamente humano» para «preservar la dignidad inviolable de todo ser humano.» No podría describirse mejor el trasfondo del que brotan tanto el therian como el transhumanismo.
La postura de la Iglesia Católica
La Iglesia Católica no condena a los jóvenes que forman parte del movimiento therian. Los reconoce como personas que sufren, que buscan, que merecen acompañamiento. Pero sí ofrece, frente al horizonte de confusión que los rodea, una antropología clara y misericordiosa a la vez.
El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que «el ser humano, creado a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual» (CIC 362), y que esta unidad es constitutiva: no hay nada en nosotros que sea superfluo ni nada que sea todo. Ni el cuerpo sin el espíritu, ni el instinto sin la razón, ni la tierra sin el cielo.
La declaración Dignitas Infinita (2024), del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, subraya que la dignidad humana no se gana ni se construye: se recibe. No depende del rendimiento, de la apariencia, de la identidad adoptada ni de la modificación tecnológica. Es anterior a todo eso. Y precisamente por eso es inviolable.
Frente al transhumanismo, la Iglesia no rechaza el progreso técnico, pero rechaza la idolatría tecnológica que trata a la muerte como un problema de ingeniería y al cuerpo como un borrador que corregir. La tecnología debe servir al ser humano, no redefinirlo. El ser humano tiene una naturaleza que no es un obstáculo sino un don.
Frente al fenómeno therian, la Iglesia ofrece algo que ningún theriotype puede dar: una identidad que no se elige sino que se descubre; una pertenencia que no se construye en internet sino que viene de más atrás y va más lejos; un nombre escrito no en una pantalla sino, como dice el libro del Apocalipsis, «en el libro de la vida» (Ap 20,15).
Cuaresma: el camino que la cultura ha olvidado
Estos días de Cuaresma son, en el fondo, la respuesta más antigua y más actual a la crisis que describimos. La Cuaresma no es un ejercicio de masoquismo religioso. Es el redescubrimiento de lo que somos.
El ayuno no es negación del cuerpo: es su redención. Devolver al cuerpo su lugar justo —ni divinizado ni animalizado— es un acto profundamente humano y profundamente espiritual. El joven que se pone a cuatro patas en un parque está, sin saberlo, gritando que tiene hambre. La Cuaresma nos enseña a reconocer esa hambre y a no saciarla con cualquier cosa.
La oración contemplativa —ese desierto interior que los Padres del Desierto vivieron y que sigue siendo el espacio más subversivo de nuestra época— es la respuesta al ruido que produce monstruos. Quien aprende a estar en silencio consigo mismo no necesita disfrazarse de lobo. Ya sabe quién es.
La limosna y el servicio al prójimo son el antídoto al narcisismo identitario. Salir de uno mismo —del propio ombligo, de la propia pantalla, de la propia tribu— es el movimiento opuesto al que propone la cultura del yo. Es el movimiento que nos hace más humanos, no menos.
En este tiempo cuaresmal, algunas propuestas concretas para quienes acompañan a jóvenes, en familia, en parroquia, o simplemente en la vida:
Que los jóvenes tengan acceso al silencio real. No como castigo sino como regalo. El silencio es el espacio donde uno se encuentra a sí mismo y descubre que lo que hay dentro es mucho más interesante que cualquier identidad prestada.
Que se les hable de la dignidad humana con convicción y con ternura, no con miedo ni con condena. Quien sabe que es amado no necesita ser un lobo para sentirse poderoso.
Que la belleza de la tradición espiritual —la oración, los sacramentos, el servicio, la naturaleza— se les ofrezca como lo que es: no una obligación sino una aventura. El evangelio no es una jaula. Es la única puerta que lleva adentro.
Que los adultos tengamos el valor de preguntarnos si hemos transmitido, con nuestra vida, algo que valga la pena heredar.
Conclusión: la pregunta que la bestia no puede responder
Hay una pregunta que ningún animal puede formularse. Una pregunta que, en su formulación misma, ya revela la dignidad de quien la hace: ¿Quién soy? El lobo no se pregunta si es lobo. El zorro no duda de su naturaleza. Solo el ser humano vive en esa extraña intemperie existencial, capaz de preguntarse por sí mismo, capaz de decir «yo» y no saber del todo qué significa.
Esa perplejidad no es una enfermedad. Es la señal de la grandeza. Es el signo de que hay en nosotros algo que desborda cualquier categoría animal y cualquier algoritmo. El camino espiritual —en las tradiciones que he estudiado a lo largo de mi vida— consiste no en negar esa perplejidad ni en huir de ella hacia una identidad más simple, más instintiva, más consoladora. Consiste en vivirla y atravesarla con valentía.
Una civilización que no sabe transmitir esto a sus hijos —que los deja sin padres interiores, sin maestros, sin tradición viva, frente a una pantalla que les ofrece la posibilidad de ser un lobo o un ciborg— es una civilización que ha abdicado de su misión. El movimiento therian y el transhumanismo no son la causa del problema. Son el síntoma. La fiebre que avisa de una infección más profunda.
Y la medicina, como siempre, viene de adentro.
Oración
Señor, tú que nos hiciste a tu imagen y nos llamaste por nuestro nombre, devuélvenos el asombro de ser humanos. Guarda a quienes se han perdido en el ruido y buscan su rostro en espejos rotos. Que este tiempo de desierto no sea huida sino retorno: al silencio que nos habita, a la dignidad que nos precede, a ti, que eres más íntimo a nosotros que nosotros mismos.
María, Estrella del Mar y Señora del Desierto, tú que alumbraste el camino de los magos en la noche y acompañaste a tu Hijo hasta la hora más oscura, tú que conoces el desierto porque lo viviste en el alma, intercede por quienes han olvidado lo que significa ser hijos. Sé estrella para los que navegan sin rumbo, agua para los que se secan por dentro, silencio fecundo para los que ensordecen de ruido. Conduce a los perdidos de regreso a su propio corazón, donde tu Hijo los espera desde antes de que comenzaran a buscarlo. Amén.


