El misticismo en la actualidad

En las últimas décadas, el misticismo ha experimentado una notable reconfiguración, desplazándose de los confines de las tradiciones religiosas establecidas hacia espacios más fluidos y plurales. Este fenómeno no solo refleja cambios socioculturales, sino también la búsqueda de sentido que persiste en sociedades marcadas por la aceleración tecnológica y la fragmentación de identidades. El presente artículo explora las principales manifestaciones del misticismo actual, sus raíces históricas y su intersección con la salud pública y la antropología, incluyendo la dimensión mística de las tres grandes religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e islam.


1. Revalorización de prácticas ancestrales

1.1. De lo tribal a lo urbano

A medida que la globalización facilita el intercambio cultural, prácticas místicas originarias de comunidades indígenas y orientales —meditación, ayuno ritual, danza chamánica, canto de mantras— encuentran nuevos adeptos en Occidente. Estas tradiciones son reinterpretadas bajo la óptica del bienestar integral, integrando conceptos de energía, sanación y conexión con la naturaleza. Desde la perspectiva antropológica, este proceso constituye una forma de sincretismo contemporáneo, donde los símbolos y técnicas se adaptan a contextos urbanos sin perder su carga simbólica original.

1.2. Función social y sanitaria

Los estudios de salud pública indican que la incorporación de rituales de respiración y movimiento mejora marcadores de estrés, reduce la presión arterial y favorece la regulación emocional. Cuando estos rituales se practican en comunidad, refuerzan la cohesión social, un factor protector contra la soledad y la depresión, problemas crecientes en poblaciones envejecidas como la nuestra.

2. Misticismo digital y comunidades en línea

2.1. Plataformas de convergencia

Internet ha creado espacios donde lo sagrado y lo profano coexisten en tiempo real. Grupos de discusión, podcasts y canales de streaming dedican espacio a temas como la astrología, la numerología o la interpretación de sueños. La accesibilidad de información permite al individuo construir una práctica personalizada, combinando elementos de distintas tradiciones.

2.2. Riesgos de desinformación

Esta democratización también plantea riesgos: la proliferación de fuentes no verificadas puede generar creencias erróneas que influyan en decisiones de salud, como la adopción de remedios no probados o la negación de tratamientos médicos convencionales. Los profesionales de salud pública deben desarrollar alfabetización mediática que permita a la población discernir entre evidencia científica y narrativas místicas sin fundamento.

3. Ciencia y espiritualidad: diálogos emergente

3.1. Correlatos neurológicos de la experiencia mística

Investigadores de neurociencia y psicología han comenzado a explorar los correlatos cerebrales de experiencias místicas. Estudios de resonancia magnética funcional revelan que estados de “flow” o de profunda contemplación activan redes neuronales asociadas al sentido de unidad y trascendencia (redes frontoparietales y el sistema límbico). Estos hallazgos alimentan un discurso que intenta reconciliar la subjetividad mística con metodologías empíricas, ofreciendo una visión más matizada de la relación entre mente, cuerpo y entorno.

3.2. Implicaciones para la salud mental

La evidencia sugiere que experiencias místicas espontáneas pueden actuar como catalizadores de procesos terapéuticos, facilitando la reorganización cognitiva y la integración de traumas. Sin embargo, la intensidad de tales experiencias también puede desencadenar crisis psicológicas si no se acompañan de apoyo estructurado. Los programas de intervención deben contemplar la posibilidad de que el misticismo sea tanto recurso curativo como factor de vulnerabilidad.

4. Dimensión mística de las religiones monoteístas

4.1. Judaísmo: la Kabbalah y la experiencia del Ein Sof

En el judaísmo, la corriente mística conocida como Kabbalah (cabala) ha sido una vía para acceder a la dimensión oculta de la Torá. La noción del Ein Sof (el Infinito) representa la presencia divina más allá de cualquier descripción conceptual. Prácticas como la meditación sobre los nombres de Dios (Shemot) y la visualización de los Sefirot (emanaciones divinas) buscan una unión interior con lo trascendente. En la actualidad, la Kabbalah ha encontrado resonancia en círculos académicos y en movimientos de autoayuda, aunque su apropiación popular a veces simplifica conceptos profundos, generando tensiones entre eruditos tradicionales y nuevos practicantes.

4.2. Cristianismo: misticismo contemplativo y la vía apofática

Dentro del cristianismo, el misticismo se manifiesta en tradiciones contemplativas como la Oración del Corazón, la Lectio Divina, y la obra de figuras como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila. La teología apofática (conocer a Dios por medio de lo que no se puede decir) enfatiza la experiencia directa de la presencia divina más allá de los dogmas. En la era digital, retiros virtuales y comunidades de oración en línea facilitan la práctica de la contemplación, mientras que la psicología positiva ha empezado a estudiar los efectos de la oración silenciosa sobre la resiliencia emocional.

4.3. Islam: sufismo y la búsqueda del “Qalb”

El sufismo, corriente mística del islam, centra su praxis en la purificación del corazón (Qalb) y la búsqueda del amor divino (Ishq). Prácticas como el dhikr (recuerdo constante de Dios mediante repeticiones), la música qawwali, y la poesía de Rumi o Hafiz, buscan disolver la separación percibida entre el creyente y el Creador. En contextos contemporáneos, los centros sufíes ofrecen espacios de meditación y diálogo interreligioso, contribuyendo a la construcción de puentes entre comunidades. Al mismo tiempo, la percepción pública del sufismo varía según regiones: en algunos países es visto como una expresión pacífica del islam, mientras que en otros enfrenta resistencia de corrientes más conservadoras.

4.4. Convergencias y divergencias

Aunque la Kabbalah, la mística cristiana y el sufismo emergen de tradiciones doctrinalmente distintas, comparten varios rasgos:

AspectoJudaísmo (Kabbalah)Cristianismo (Misticismo Contemplativo)Islam (Sufismo)
ObjetivoUnión con el Ein Sof / comprensión de los SefirotExperiencia directa de la presencia de Dios (union con Cristo)Amor y cercanía al corazón divino
Práctica centralMeditación sobre nombres y SefirotOración del corazón, Lectio DivinaDhikr, poesía, música
LenguajeApofático y simbólicoApofático y poéticoPoético y musical
Riesgo de malinterpretaciónSimplificación comercial de la KabbalahReducción a “pensamiento positivo” sin profundidadApropiación superficial sin contexto espiritual

Estas similitudes sugieren que el misticismo actúa como un puente transrreligioso, permitiendo a los individuos experimentar lo sagrado más allá de los límites doctrinales. Para la salud pública, reconocer esta dimensión puede facilitar la creación de programas interculturales que respeten la diversidad espiritual y promuevan la inclusión.

5. Salud pública y bienestar holístico

5.1. Intervenciones basadas en evidencia

Para los profesionales de salud pública, el resurgir del misticismo implica reconocer la dimensión espiritual como componente del bienestar. Programas de intervención comunitaria que incorporan prácticas meditativas, rituales de cohesión social o espacios de oración pueden mejorar indicadores de salud mental, reducir el estrés y fortalecer la resiliencia. La evidencia sugiere que la participación regular en actividades espirituales está asociada a menores tasas de depresión y mayor longevidad, siempre que dichas prácticas estén respaldadas por datos científicos y no sustituyan tratamientos médicos esenciales.

5.2. Precauciones éticas

Es crucial distinguir entre intervenciones basadas en evidencia y aquellas que carecen de respaldo científico, evitando la medicalización de creencias sin fundamento. Asimismo, la mercantilización de experiencias espirituales (retiros de lujo, aplicaciones de meditación premium) puede crear brechas de acceso, favoreciendo a quienes poseen recursos económicos. La apropiación cultural sin reconocimiento adecuado a las comunidades originarias plantea dilemas éticos que requieren una reflexión cuidadosa y políticas de respeto.

6. Críticas y desafíos éticos

6.1. Comercialización y apropiación

El auge del misticismo contemporáneo también suscita críticas. La tendencia a comercializar experiencias espirituales transforma lo sagrado en producto de consumo, diluyendo la autenticidad de las tradiciones y creando desigualdades de acceso. Además, la apropriación cultural sin reconocimiento a las comunidades originarias vulnera derechos culturales y perpetúa desequilibrios de poder.

6.2. Conflictos epistemológicos

Algunos sectores académicos cuestionan la legitimidad de integrar experiencias místicas dentro de la investigación científica, argumentando que la subjetividad intrínseca dificulta la replicabilidad. Sin embargo, enfoques interdisciplinarios que combinan neurociencia, antropología y estudios religiosos están demostrando que es posible mapear patrones comunes sin invalidar la riqueza fenomenológica de lo místico.

7. Perspectivas futuras

7.1. Investigación interdisciplinaria

Se prevé un crecimiento sostenido de proyectos que unan neurocienciapsicologíaantropología y teología para explorar cómo las prácticas místicas influyen en la neuroplasticidad, la regulación emocional y la cohesión social. Los fondos públicos podrían destinarse a estudios longitudinales que evalúen el impacto de programas místicos en la salud de poblaciones vulnerables, especialmente adultos mayores como yo, que buscamos sentido y calidad de vida en la tercera edad.

7.2. Políticas públicas inclusivas

Los gobiernos y organismos internacionales están considerando la inclusión de la dimensión espiritual en los marcos de salud mental. Por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud ha reconocido la importancia de la salud espiritual como parte del bienestar integral. Políticas que fomenten la colaboración con líderes religiosos y comunidades místicas pueden potenciar la efectividad de campañas de prevención y promoción de la salud.

Conclusión

El misticismo hoy se presenta como un fenómeno dinámico que atraviesa fronteras geográficas, disciplinarias y religiosas. Su presencia en la vida cotidiana refleja una necesidad persistente de significado, conexión y trascendencia en un mundo cada vez más fragmentado. Para los académicos y profesionales de la salud pública, comprender estas tendencias permite diseñar intervenciones más integrales y respetuosas de la diversidad cultural. Al mismo tiempo, es esencial mantener una postura crítica que salvaguarde la veracidad científica y la dignidad de las tradiciones originarias.

En última instancia, el diálogo entre misticismo y modernidad abre oportunidades para enriquecer tanto la investigación como la práctica humana, siempre bajo la premisa de buscar el bienestar colectivo. La tarea de los escritores, consultores y responsables de política es articular ese puente, reconociendo que la espiritualidad, ya sea expresada a través de la Kabbalah, la contemplación cristiana o el dhikr sufí, sigue siendo una fuente poderosa de resiliencia y cohesión social en la contemporaneidad.

Llamada

Hay momentos en los que algo en nosotros comienza a moverse sin que sepamos por qué. No es una idea, ni un propósito, ni un plan. Es más bien un temblor suave, una inquietud que no amenaza pero tampoco deja en paz. La llamada no llega desde fuera: emerge desde un lugar que aún no conocemos, pero que nos reconoce a nosotros. Es un despertar silencioso, una luz que no ilumina todavía, pero que anuncia que la noche ya no es absoluta.

La llamada no exige respuestas inmediatas. Solo pide atención. Es un gesto interior que dice: “Hay algo más”. No un “más” de acumulación, sino un “más” de profundidad. Un “más” que no se añade, sino que revela.

Quien escucha la llamada no se vuelve especial; se vuelve honesto. Porque reconoce que la vida que lleva no agota la vida que desea. Y esa honestidad es el primer paso del camino espiritual: admitir que no sabemos, que no basta lo que tenemos, que hay un lugar al que aún no hemos llegado.

La llamada es siempre personal, pero nunca privada. Nos toca en lo más íntimo, pero nos orienta hacia un horizonte más amplio que nosotros mismos. Es un movimiento que nos descentra para devolvernos al centro.

No se trata de entenderla, sino de acogerla. Dejar que resuene. Dejar que abra un espacio. Dejar que nos desinstale suavemente. Porque la llamada no empuja: atrae. No obliga: invita. No grita: susurra.

Y quien se atreve a escuchar ese susurro ya ha comenzado a caminar.

La revolución interior


Serenidad, tranquilidad, vivir el presente… En el desierto se encuentra eso y mucho más; pero también mucho menos pues expulsa a todos los que no son rectos de intención. Allí encuentro la mística islámica conocida en occidente como sufismo, totalmente emparentada con la mística cristiana. Se dice de san Juan de la Cruz que tuvo un maestro sufí. Es posible. ¿Y en qué consiste esta mística? Básicamente en transformar los corazones sucios en corazones puros y a partir de ahí anhelar la unión con Dios. Un camino largo pero fructífero. ¿Y cómo transformar el mundo? Transformándose las personas. La verdadera revolución empieza con la «revolución interior». Buen día.

El viejo del bastón colorado.

En días pasados presenté este libro que ya se puede leer (el enlace de descarga más abajo). Añado aquí la introducción:

Estoy en la playa, ajeno al drama cotidiano del mundo. He llegado a este lugar con la mente en paz y sereno. El mar parece un fino espejo de color turquesa donde veo reflejado el universo entero. Se respira armonía por doquier. Concentro la mirada en un grupo de aves que aún permanecen somnolientas. Son flamencos. La tarde anterior admiré su vuelo formando una pequeña constelación rosácea que iba alejándose por el este, hacia el interior del desierto, pero no llegarían muy lejos. El desierto no es apropiado para esos animales. Ahora están cercanos, ignorando mi presencia, disfrutando tal vez de un reposo nocturno que ya tocaba a su fin.

No sopla el viento, algo raro en esta región, sacudida de forma casi ininterrumpida por vientos que provienen de todas las direcciones, capaces de transportar la arena caliente hasta precipitarla con frecuencia océano adentro. En alguna ocasión me dijeron que este viento podía llevar la arena hasta el mismísimo continente europeo. Lo creo. Todo es posible para el desierto más grande del mundo. Lo sé y lo he comprobado mil veces.

Ya no piso el límite occidental para deleitarme con recuerdos de la juventud sino para despedirme de algunos familiares cuyas jaimas siempre instalan por aquí, al lado del mar y alejados de las ciudades y pequeñas poblaciones. Siguen viviendo en el desierto, aunque se han convertido en beduinos pescadores, algo no muy habitual en mi tribu; sin embargo, las costumbres cambian arreglo a los usos sociales del momento. Poco queda de mi cultura y me produce desazón, aunque nunca me he permitido enfados y disgustos. El mundo es como es. Todo acaba por cambiar. “El mundo es el disfrute del engaño”, recuerdo con frecuencia esas palabras del Sagrado Corán. Creo que conozco bien este aspecto de la Creación.

Oigo voces de turistas. Solo ellos pueden gritar tanto y me desperezan, también a los flamencos que, asustados, arman gran revuelo. Al parecer han madrugado. ¡Turistas aquí! Turistas por todas partes. Es inevitable.

He pasado la noche en vela, solo, rezando y meditando, y sufro el cansancio. No en vano la edad deja huella en el cuerpo. ¿90 años?, ¿95? No estoy seguro. Nunca supe la fecha de nacimiento. No es importante. He vivido la colonización española y la entrada de Mauritania después, y más tarde la de Marruecos. He visto mucha sangre derramada por nada, batallas libradas por un pedazo de tierra. Morir por la tierra, ¡qué absurdo! La tierra tiene un solo propietario y no es de este mundo. ¿Por qué disputarse algo que es un regalo para todos?

El día anterior uno de mis nietos me acercó en su coche hasta aquí. Habría preferido venir en mi vieja camella, pero ella y yo no estamos para muchos trotes. El nieto quiso acompañarme e insistió en quedarse. No se lo permití. Quería la soledad. Poco tiempo me queda de vida y deseo aprovecharlo.

Nunca he recibido enseñanza formal. Aprendí a leer y escribir en la madraza de mi abuelo, después dirigida por mí. Allí saboreé los secretos del islam y memoricé en solo unos meses el texto coránico, con varios estilos de recitación, así como los hadices sobre el Profeta, la paz sea con él. Con el tiempo adquirí alguna notoriedad e incluso vinieron a la madraza nuevos estudiantes y seguidores, pero nada de esto es importante ¿verdad? Lo verdaderamente importante es alabar a Dios sin parar. A ese propósito he dedicado la vida entera, y también a cuidar de la familia y del ganado. ¿Qué mejor actividad para un hombre?

Contemplo el cielo. El sol despunta y riega con sus rayos la extensa playa. Días atrás escribí un texto sencillo donde plasmé algunas reflexiones que me parecieron oportunas hacer. Uno de mis hijos las leyó y quiso una copia. Tal vez podría ser útil. No sé. En cualquier caso, aquí estoy dispuesto a revisar el texto y olvidarme del mundo. ¡Ja!, mis reflexiones y yo. Y al final, la nada. Solo silencio.

(COMPRAR)

El viejo del bastón colorado

A veces me preguntan cómo he sido capaz de sobreponerme y superar adversidades y dificultades.

Ciertamente he tenido motivos para dejarlo todo en una atmósfera de desesperación y pesimismo existencial; pero el Señor me ha conducido por caminos que no podía imaginar. La clave está en confiar y escuchar. A la postre, sea lo que sea que nos pase todo está orientado hacia una finalidad: la gloria de Dios. Todo lo demás es tratar de buscarle tres pies al gato, elaborando explicaciones mundanas, filosóficas y teológicas que pueden enriquecer el intelecto, pero apenas dejan huella en el corazón.

Para hablar de religión y superación de los obstáculos no tengo más remedio que tirar de autobiografía. Así…

Durante los años que viví en el desierto hice muchas amistades, algunos eran beduinos morabitos, como así son conocidos los hombres que cultivan el misticismo del islam y el abandono de las cosas mundanas. Estos morabitos podrían ser el equivalente a los ermitaños cristianos. De ellos he aprendido numerosos aspectos que constituyen, en realidad, una forma de espiritualidad común a cristianos y musulmanes y que son, en mi opinión, el verdadero puente para el diálogo interreligioso. Me refiero a la mística del desierto.

Obtuve distintos frutos de este acercamiento personal a los morabitos, uno de ellos fue el enriquecimiento literario, otros relacionados con la amplitud de miras al tratar con representantes de otras tradiciones culturales. En cualquier caso, siempre resultó positivo.

En el Sahara hice una hermosa amistad con un hombre muy mayor, de unos 100 años, beduino cabrero, tremendamente sabio y sencillo. De tanto hablar quise recrear los últimos días de ese hombre y escribí un texto como si yo mismo fuera el beduino en cuestión. Lo titulé “El viejo del bastón colorado”.

Este texto, editado en papel, verá pronto la luz en edición digital y de descarga gratuita.

La ascética en el sufismo

El concepto de zuhd (ascetismo) tiene un lugar fundamental en el camino de “tasawwuf” (sufismo). Significa falta de deseo, mantenerse alejado de cualquier moda y contentarse con menos. Un corazón con zuhd da menos importancia a las necesidades y ventajas mundanas, se abstiene de ser oportunista y egoísta, lleva tan poco como las preocupaciones por los beneficios propios y se satisface plenamente con lo que está presente en cualquier circunstancia dada.

No tener alegría por las posesiones mundanas, no arrepentirse de tales pérdidas y no tener deseo de lo que no se está poseyendo.

Zaheed es la persona que tiene la virtud de zuhd. Zuhd no significa perseguir una vida clerical y encerrarse en un monasterio remoto y dejar de trabajar, significa tratar de abstenerse de sabores mundanos innecesarios y no estar demasiado ocupado con actividades mundanas. En otras palabras, significa sumisión a Allah no a este mundo.

Hay muchos hadices del Profeta Muhammed (saw) sobre zuhd, uno en particular:

En Sahih-i Muslim, Libro 42, Número 7068:

Abu Huraira informó que el Mensajero de Allah (la paz sea con él) dijo: Cuando uno de ustedes mira a alguien que se encuentra en un nivel más alto que usted con respecto a la riqueza y la estructura física, también debe ver a alguien que se encuentra en un nivel más bajo que usted con respecto a estas cosas (en las que se encuentra) en un nivel superior (en comparación con él).

También de la misma colección;

Libro 42, número 7058:

Abu Huraira informó que el Mensajero de Allah (la paz sea con él) dijo: El mundo es una prisión para un creyente y el Paraíso para un no creyente.

Zuhd también se está beneficiando de las necesidades mundanas al cruzar cualquier línea, abstenerse de consumos excesivos o estar interesado en el lujo, o en el peor de los casos, olvidando por completo “el juicio final” debido a enterrarse en actividades mundanas.

La virtud de zuhd se puede lograr de tres maneras:

1) Mantenerse alejado de cualquier cosa que sea haram (prohibido), que es “fard” para cada musulmán.

2) Mantener una distancia de los halales (permitido) que no son absolutamente necesarios para uno mismo.

3) Renunciar a cualquier cosa que se distraiga de “estar ocupado con Allah». Esta fase final de zuhd es el estilo preferido en el tasawwuf (sufismo).

El espacio místico del Magreb

Hablar del Magreb es harto complicado. ¿A qué nos referimos con este término? ¿Se trata de un espacio geográfico? ¿Un país? ¿Un conjunto de países? ¿Una definición geopolítica?

El Magreb es todo eso y mucho más; pero si buscamos información en Internet y nos asomamos a fotografías satelitales veremos un inmenso espacio ocre. A vista de pájaro el Magreb es desierto, o así lo parece. Y ciertamente el desierto abarca una buena parte del territorio. Al acercar el campo de visión percibimos una realidad que va perfilándose en un mosaico cromático en el que adivinamos montañas, ríos, valles, ciudades, pueblos, …

El primer contacto del ciudadano occidental con el Magreb suele producirse viajando como turista a alguno de los países que reciben el sobrenombre de ´magrebíes`. Así, resulta habitual visitar Marruecos o Túnez, y menos corriente acercarse a Argelia, Libia (hoy muy difícil debido a la guerra que sufre) o Mauritania. Con ello acabo de citar los cinco países que según la división administrativa actual configuran ese espacio del norte de África. Pero claro, lo administrativo y político no implica un ajuste perfecto con la realidad humana y social, es más, a veces se vertebra un marco geopolítico sin tener en cuenta la diversidad antropológica e histórica.  En cualquier caso, el viajero que decide visitar alguno de esos países tendrá siempre una visión muy parcial.

Estamos hablando de un espacio gigantesco. Solo el desierto del Sahara es 20 veces más grande que España. El Magreb completo ocupa cerca de 20 millones de kilómetros cuadrados.

A los países citados yo añado buena parte de Malí, por la razón de que al menos todo el norte maliense es desértico y en él han prosperado tribus –los famosos Tuaregs- nómadas, presentando semejanzas geográficas, étnico lingüísticas y culturales con los países aludidos.

Como se puede comprobar, no es tan sencillo delimitar el Magreb y menos sencillo aún describir lo que hay en ese espacio, su historia, su diversidad étnica, cultural, tribal, etcétera. La razón de estas dificultades hay que buscarla en el periodo de la colonización africana por parte de algunos países europeos. Las potencias occidentales fueron ocupando regiones y territorios ignorando en buena medida la riqueza histórica y humana de las poblaciones sometidas al poder del llamado “primer mundo”. La posterior ´descolonización` no resultó un proceso homogéneo y respetuoso con los pueblos sometidos. En todo ese tiempo se cometieron todo tipo de barbaridades, entre ellas el saqueo sistemático de bibliotecas enteras con manuscritos de un valor incalculable, la destrucción de modos de vida ancestrales en virtud de los criterios impuestos desde las cancillerías europeas, por ejemplo, trazando fronteras artificiales con escuadra y cartabón sobre un mapa para delimitar los países, lo cual alteró, entre otras muchas actividades, el nomadismo, piedra angular de las culturas beduinas, o las prácticas de piedad populares, como las peregrinaciones a las tumbas de los santos sufíes, o la destrucción sistemática de madrazas y otros espacios de enseñanza. En fin, el rosario de desastres es enorme.

            Fruto de aquellas arbitrariedades basadas en la prepotencia y dominio político y militar de los países europeos, el Magreb fue hundiéndose en la inestabilidad, la corrupción estructural de la sociedad, la pérdida de las diferentes identidades culturales, la homogeneización artificial de costumbres, las ambiciones políticas de una nueva generación de líderes locales formados casi todos en centros universitarios occidentales, el crecimiento de la población bajo criterios de alcanzar una prosperidad “a la europea”, el surgimiento de nuevos conflictos territoriales, como el famoso del Sahara Occidental y los Saharauis, devenido así desde la salida de España de su “provincia sahariana” en 1976, etcétera.

            Es todavía ahora, en pleno siglo XXI, cuando el Magreb sigue sumido en un conjunto de problemas que se han enquistado y que han impedido en gran medida un desarrollo social acorde con los nuevos tiempos. A pesar de ello, la población magrebí ha experimentado extraordinarios avances en numerosos ámbitos de la vida, variando de unos países a otros.

            Pero todo ello, en mi opinión, palidece ante un hecho que con frecuencia pasa desapercibido para los analistas occidentales y también para buena parte de los magrebíes. Me refiero a la “dimensión mística del Magreb”, expresión con la que defino el componente más importante de las culturas que se desarrollaron en el África del Norte.

            El misticismo, entendido al modo occidental, es un don de Dios que se recibe en gran medida por la vía ascética, es decir, renunciando a los “placeres del mundo”. Se trata de un ámbito minoritario producido en el cristianismo monástico y el eremitismo, especialmente a partir del siglo IV de nuestra era con el surgimiento de los llamados “Padres del Desierto”.

            En el Lejano Oriente, el misticismo se cultiva en una suerte de ascetismo y estudio de la mente mediante ejercicios de meditación intensa, yoga, contemplación, hasta que surge la iluminación. Son los caminos propios del hinduismo y el budismo.

            En el Magreb, como en buena parte del Medio Oriente, la mística se desarrolla apegada a la tierra, al nomadismo, al espacio geográfico, en un ascetismo compartido por la familia, el clan, la tribu. Donde iban las familias llevaban consigo la dimensión mística fraguada en los grandes espacios abiertos del desierto, los valles o las montañas. No se entendía una tribu sin sus místicos, hombres considerados santos, virtuosos, capaces de obrar prodigios, ´milagros`, un misticismo surgido en el islam temprano, tomando como ejemplo y guía las prácticas meditativas del profeta Mohammed, la paz sea con él.

            Un misticismo practicado “hacia dentro”, y un misticismo “practicado hacia fuera”. Esta fue la gran diferencia del Magreb que se ha mantenido, no sin desviaciones y contaminaciones externas, hasta nuestros días.

            Esta peculiaridad de las tribus magrebíes permitió que después de una historia de encuentros y desencuentros, colonización y descolonización, el Magreb siga atrapando y cautivando al viajero en la actualidad, pues toda la grandeza de sus gentes y de sus pueblos se debe precisamente al componente místico y religioso que los vertebró y que de alguna forma impregnan el cotidiano vivir.

            En definitiva, el devenir histórico del Magreb presenta un amplio abanico de ´historias` paralelas, periodos oscuros, olvidos, reconstrucciones interesadas, conclusiones occidentalizadas, desconocimiento de hechos que marcaron profundamente la idiosincrasia ancestral de sus gentes… la tarea de reconstrucción de los hechos es ingente y, me temo, casi imposible de realizar.

            No es objeto de este ensayo entrar en la discusión de tales cuestiones, puesto que ni soy historiador ni lo pretendo y la extensión necesaria para tratar dichas cuestiones implicaría la escritura y edición de varios volúmenes. Por otra parte, mi interés es el ámbito religioso, no tanto en su vertiente teológica sino en los aspectos cotidianos de una práctica que, como decía más arriba, han sido la argamasa para edificar el imponente espacio social magrebí. Tampoco es baladí el empeño.

            El hispanófono que pretenda desenmarañar la historia religiosa del Magreb, como es mi caso, se llevará una severa frustración inicial: la poca bibliografía[1] existente en idioma español. Tendrá que rebuscar en libros de historia general, de antropología y sociología, la mayoría de ellos demasiado especializados en sus áreas de estudio. Acudirá a revistas especializadas en arabismo, en africanismo, en ciencias políticas. Tal vez visite algunos archivos y bibliotecas, y acabará por sumergirse en el ámbito del sufismo magrebí, corriente mística del islam; pero no el único tipo de misticismo existente en estas tierras. Si desea ir más allá, necesitará leer textos académicos escritos por autores franceses, verdaderos especialistas en estos temas y quizá en Europa los que mayor empeño han tenido en estudiar a fondo la historia y la religión de los pueblos magrebíes. Lo tenían más fácil al ser Francia potencia colonial poderosa en todo el norte y oeste de África. Ellos acapararon las fuentes informativas, localizaron los grandes centros intelectuales y sustrajeron manuscritos y un material precioso que ha sido compartido con cuentagotas, ejerciendo una influencia importante hasta nuestros días. Pero aun así se abre una amplia falla entre la labor académica occidental y la evolución real de los hechos. Para profundizar aún más en tales cuestiones, habrá que acudir a investigadores locales, ninguneados casi siempre en las instituciones universitarias europeas hasta hace pocos años, hoy empiezan a ser reconocidos y algunos de ellos son profesores[2] de universidades acreditadas, forman parte de grupos de investigación y publican artículos científicos en las revistas más acreditadas de cada especialidad.

            Sin embargo, y para desesperación del interesado, a pesar de leer toda la producción bibliográfica[3] existente sobre la materia, quedará preso de cierta impotencia. ¿Cómo es posible que después de leer montañas de documentos, libros, incluso de haber viajado a tal o cual país del Magreb, siga escapándoseme la esencia de la espiritualidad magrebí? –Esto mismo me preguntaba yo hace más de quince años. Leía, hablaba con eruditos de Mauritania o Marruecos, frecuentaba amistades con ulemas, imames, o con gente corriente y normal imbuida de cierto conocimiento natural y, sin embargo, no lograba penetrar en lo más profundo de la identidad magrebí.

            La dificultad de esta falta de entendimiento profundo radica en la transmisión cultural donde predomina la expresión oral por encima de la escrita, así como las reservas para hablar de ciertos temas con desconocidos y los pactos de silencio. En efecto, muchos de los hechos que han acontecido en el Magreb se han transmitido oralmente de generación en generación, principalmente en las tribus nómadas. Aunque disponían de la escritura en árabe o en otros idiomas locales, empleada casi siempre para hacer bellas copias caligrafiadas del Sagrado Corán, o de los Hadices, o de la Jurisprudencia, la poesía o las narraciones de los hechos eran orales, dando pie a hermosos estilos de narración oral, acompañados por instrumentos musicales sencillos o por las palmadas de los asistentes. Así, no es de extrañar que una buena parte de la producción intelectual no haya quedado reflejada en libros y documentos.

            Poco a poco fui introduciéndome en la sociedad magrebí, siempre de una forma limitada, pues son tantas las tribus, los idiomas y dialectos, los pueblos que necesariamente uno tiene que elegir el lugar geográfico y el ámbito social en el que pretende indagar. Este es un problema típico para los antropólogos, condicionados por su propia cultura y por sus estudios previos. En mi caso, y como ya he referido en el prólogo, el ´salto` no fue antropológico sino religioso en primer lugar y sentimental después, ya que el ser admitido por la tariqa sufí como un hermano más conllevó en mí el deseo de conocer mejor aquello en lo que me había metido, y ya se sabe, una cosa conduce a la otra y de forma particular se acaba en el lugar que te reserva el destino, como suele decirse. Ese lugar fue Dakhla, ciudad situada al sur, fundada por los españoles con el nombre de “Villa Cisneros”. Allí recalé y desde allí inicié la segunda parte de mi exploración espiritual que conllevaba, por supuesto, abrirme a la realidad sahariana en todos sus ámbitos para, empapándome de esa cultura maravillosa, atisbar y conocer también otras culturas magrebíes como la bereber y sus manifestaciones religiosas. Constituyó el inicio de un camino que no ha acabado aún y que me ha permitido solucionar en buena parte el problema que exponía más arriba.

            Gracias a Dios siempre tuve una visión holística a la hora de abordar la investigación de los asuntos que me interesaba. Esto me permitió construir un discurso coherente partiendo de la realidad que estaba viviendo. No se trataba solo de una “observación participante”, técnica empleada en antropología, ni de ´triangular` los resultados de diversas observaciones y fenómenos, sino que partiendo del día a día involucrado en muy diferentes actividades fui saboreando y valorando los numerosos matices de las sociedades magrebíes, ya digo, no de forma completa; pero sí lo suficientemente amplia como para hacerme una idea cabal de aquello que me interesaba, que no era otra cosa que la dimensión espiritual tamizada por mi propia experiencia religiosa y por cierta visión poética de lo que se me ha presentado a lo largo de mi vida.

            Finalmente, después de lecturas, conversaciones, viajes y experiencias diversas en aquella región del mundo, me quedo con la dimensión religiosa que da pie al misticismo fraguado en la tradición sufí, cuya raíz es muy anterior al islam y se alimenta de distintas fuentes mistéricas y filosóficas, si bien esta particularidad solo tiene un interés histórico, puesto que lo importante es el hecho experiencial, quiero decir, el anonadamiento místico que puede tener diversas vías de entrada y no necesariamente teístas, como así queda patente en las tradiciones religiosas orientales.

            En cualquier caso, lo sustancial es ese caminar con la certeza de transitar por un espacio definido que cada buscador matizará en función de su procedencia geográfica y cosmovisión religiosa.

            He tenido la oportunidad de abundar en este crisol espiritual que es el sufismo y, siendo consciente de mis limitaciones como hombre, he podido saborear algo de ese espacio que constituye el horizonte de mi vida.


[1] Constituye una base importante de información el libro escrito por Julio Caro Baroja titulado “Estudios Saharianos”, después de su estadía en el Sahara Occidental desde noviembre de 1952 hasta febrero de 1953, si bien solo se refiere al territorio que en aquellos constituía la provincia española.

[2] Por ejemplo, Rahal Boubrik, profesor de la Universidad Mohamed V de Rabat (Marruecos) y colaborador de varias instituciones académicas de Europa, está desempeñando una fabulosa labor científica. Autor de numerosas obras en las que trata los aspectos religiosos en el Magreb.

[3] La persona interesada puede acudir a revistas como “Hesperis”, “Ibla” o “Revue Africaine”, entre otras.