Sueños que advierten, visiones que inquietan
Una experiencia personal en tiempos de incertidumbre.
Hay noches en que el sueño llega cargado de algo que no sé nombrar del todo.
No es la viveza de las imágenes, aunque a veces sean extraordinariamente vívidas. No es la coherencia narrativa, aunque a veces tengan una lógica interior más precisa que muchos textos que escribo despierto. Es otra cosa. Una densidad. Un peso específico que permanece en el cuerpo horas después de despertar, como si el sueño hubiera dejado una huella física además de mental. Como si algo hubiera pasado de verdad, aunque el cuerpo no se haya movido de la cama.
Llevo muchos años con esto. Y he aprendido, despacio y con no poca resistencia, a tener una relación equilibrada con esas experiencias.
Lo que ocurre
No voy a detallar el contenido de los sueños. No porque no pueda sino porque detallarlos antes de tiempo es una forma de traicionarlos, de convertirlos en relato antes de haberlos comprendido, de darles una forma que quizá no es la adecuada. Lo que sí puedo decir es que con cierta frecuencia llegan imágenes, visiones, sueños lúcidos que hablan de lo colectivo más que de lo personal. De transformaciones, umbrales y sufrimiento. De algo que se cierra y algo que aún no tiene nombre que se va abriendo.
Varios meses antes de la pandemia por Covid-19, tuve sueños que hablaban de una perturbación global, de algo que iba a cambiar la manera en que los seres humanos se relacionaban entre sí y con su propio cuerpo. No lo interpreté correctamente entonces. Nadie habría podido hacerlo con exactitud. Pero cuando llegó lo que llegó, reconocí en ello algo que ya había vivido durmiendo. No fui el único. Personas que conocí en África tenían percepciones similares, incluso más nítidas que las mías.
Esto no me convierte en profeta. Me convierte en alguien que tiene que aprender a vivir con experiencias que no encajan bien en las categorías habituales.
La tentación y el peligro
Sería fácil construir sobre ello una narrativa seductora. El contemplativo que recibe visiones. El ermitaño al que le llegan mensajes del más allá. El escritor espiritual que anticipa lo que otros no ven. Sería fácil y sería, creo, profundamente deshonesto.
Porque conozco también las otras lecturas posibles de lo que me ocurre. Soy neurodivergente. Mi cerebro procesa la realidad de forma no lineal, establece conexiones inesperadas, capta patrones y atmósferas que otros pasan por alto. El insomnio que me acompaña desde hace años produce estados de conciencia en la frontera entre el sueño y la vigilia donde las experiencias adquieren una intensidad y una coherencia que pueden confundirse fácilmente con revelación. La ansiedad, cuando es severa, genera también esa sensación de que algo importante está a punto de ocurrir, esa hipervigilancia del sistema nervioso que interpreta todo como señal.
Todo esto es real. Y coexiste con la otra posibilidad. No se anulan mutuamente. Se complican mutuamente, que es distinto, incómodo y más inquietante.
Un amigo muy querido, creyente cristiano y persona de gran equilibrio interior, me dijo cuando le hablé de esto algo que guardo como un criterio de navegación: tenlas en cuenta, pero sin obsesionarte ni divulgarlas como si se tratara de un relato novelesco. Es el mejor consejo que he recibido sobre el tema. Y es exactamente lo que diría un buen director espiritual de cualquier siglo.
Lo que dice la tradición
La historia del cristianismo —y de prácticamente todas las tradiciones espirituales de la humanidad— está llena de personas que vivieron experiencias similares. Hildegarda de Bingen recibía visiones que describía como imágenes que llegaban mientras estaba completamente despierta, en plena lucidez. Las guardó durante décadas antes de publicarlas, sometiéndolas al juicio de personas sabias. Ese proceso lento y humilde es, en sí mismo, una forma de discernimiento.
Teresa de Ávila, que tuvo visiones de una intensidad que dejó a sus confesores sin palabras, escribió algo que he leído muchas veces y que cada vez me parece más sabio: «Más quiere el Señor una obrita hecha con humildad que mil visiones.» Y también, con esa ironía tan suya: «Dios nos libre de gente espiritual que quiere hacer extraordinario todo lo que piensan.»
Me reconozco en esa advertencia. Conozco en mí esa tentación de lo extraordinario, esa tendencia a dar más peso a la visión intensa que al gesto cotidiano y sin brillo. Y sé que es una trampa. No porque la visión no pueda tener valor, sino porque construir la propia identidad espiritual sobre ella es una forma sutil de orgullo que se disfraza de don.
Ignacio de Loyola sistematizó algo que la tradición mística sabía desde mucho antes: el criterio de autenticidad de una experiencia espiritual no es su intensidad sino sus frutos. ¿Me hace más humilde? ¿Más compasivo? ¿Más libre? ¿O me genera ansiedad, sensación de urgencia, necesidad de ser escuchado, de advertir, de tener un rol especial en lo que se avecina? La segunda cadena de efectos, por mucho que se sienta espiritual, es una señal de alarma.
Aplicado a mí mismo: cuando estos sueños me dejan en paz, cuando los anoto y los dejo reposar sin necesidad de hacer nada con ellos, cuando no construyo sobre ellos ninguna narrativa de importancia, algo me dice que los estoy viviendo correctamente. Cuando me generan urgencia, cuando siento que debo contarlos, cuando empiezo a verme como portador de algo que otros necesitan escuchar: ahí sé que me he salido del camino.
Los pueblos del desierto lo sabían
He vivido muchos años en tierras del Sahara. Y una de las cosas que aprendí allí, de manera lenta y corporal, es que culturas que viven cerca de la aridez y del silencio tienen una relación con el sueño profundamente distinta a la nuestra. El sueño no es para ellos un subproducto del descanso sino un espacio de comunicación con dimensiones que la vigilia cierra. El anciano que sueña con lluvia antes de que llegue, la mujer que sueña con la muerte de alguien que aún vive: no son supersticiones que haya que corregir. Son formas de conocimiento que la modernidad occidental ha descartado sin haberlas comprendido del todo.
Esa experiencia me dio un marco diferente para lo que me ocurre. No lo resuelve, pero lo sitúa en una tradición humana más amplia que alivia la sensación de rareza. Lo que yo vivo en mis noches no es tan distinto de lo que han vivido innumerables personas en innumerables culturas a lo largo de toda la historia. La pregunta no es si estas experiencias son reales. Lo son, en algún sentido que todavía no sabemos nombrar del todo. La pregunta es qué hacer con ellas.
Lo que he aprendido a hacer
Las anoto. Tengo un cuaderno para eso, sin pretensiones literarias, sin interpretación, sin dramatismo. Solo la fecha, el contenido, cómo me sentía al despertar. Las dejo reposar. A veces, meses después, encuentro en ellas algo que el tiempo ha aclarado. Otras veces simplemente se disuelven y no vuelvo a pensar en ellas.
No las divulgo. No las publico. No las convierto en material de blog ni en conversación recurrente. Este artículo es, en cierta medida, una excepción que me permito porque creo que el tema merece ser tratado con honestidad y porque sé que no estoy solo en esto: hay muchas personas que viven experiencias similares y no saben bien cómo enfrentarlas.
Las menciono a quienes me acompañan médica y espiritualmente. Es importante que las personas que cuidan de mi salud sepan que estas experiencias existen, porque forman parte del cuadro completo de quién soy y cómo funciona mi mente.
Y observo si cambian con el tiempo, con el sueño, con la medicación, con el estado general. Si una experiencia persiste independientemente de mi estado físico y emocional, eso me dice algo. Si se intensifica cuando duermo mal o cuando la ansiedad sube, eso me dice otra cosa. No es un criterio infalible, pero es un criterio honesto.
La Cuaresma también sirve para discernir.
La Cuaresma, ese tiempo de desierto interior que la tradición cristiana nos ofrece cada año, tiene algo que decirle a quien vive estas experiencias. No para resolverlas sino para habitarlas de otra manera.
El desierto no amplifica las visiones: las pone en perspectiva. En el silencio verdadero, lo que es ruido del propio ego tiende a disolverse. Lo que permanece después del silencio largo merece más atención que lo que llega en medio del ruido. Los Padres del Desierto lo sabían: la celda, el silencio, la aridez deliberada no eran el escenario de las grandes visiones sino el filtro que permitía discernir cuáles de ellas valían la pena.
Evagrio Póntico, que cartografió el alma con una precisión que anticipa siglos de psicología, advertía sobre lo que llamaba la tentación de los demonios del mediodía: esas experiencias que llegan en momentos de fragilidad y que se disfrazan de iluminación. No porque toda experiencia en estado de fragilidad sea falsa, sino porque la fragilidad reduce la capacidad de discernimiento y aumenta la de confabulación. El antídoto no es negar la experiencia sino no actuar desde ella hasta haberla dejado reposar suficiente tiempo en silencio.
Los tiempos oscuros también son tiempos de gracia
Y sin embargo, hay algo en todo esto que no quiero perder de vista, algo que me parece verdadero más allá de todas las precauciones necesarias.
Vivimos un momento de transformación civilizatoria profunda. El suelo se mueve bajo los pies de todos, aunque no todos lo noten con la misma intensidad. En momentos así, las personas sensibles, las personas con vida interior intensa, los contemplativos, los que han aprendido a vivir en el silencio, perciben algo que otros no perciben todavía. No porque sean especiales en un sentido que los eleve sobre los demás, sino porque están entrenados, por elección, por naturaleza o por gracia divina, para escuchar lo que se mueve debajo del ruido.
Eso tiene un valor. Un valor que no consiste en divulgar mensajes urgentes ni en construirse una identidad de vidente. Consiste en algo más sencillo y más exigente: en permanecer despierto cuando otros duermen, en no dejarse anestesiar por la distracción permanente, en seguir preguntando qué está pasando de verdad debajo de lo que parece estar pasando.
Los tiempos oscuros han sido siempre, en todas las tradiciones, tiempos de gracia peculiar. No a pesar de la oscuridad sino mediante ella. La noche oscura que Juan de la Cruz describía no era el obstáculo al encuentro con Dios: era el camino. El desierto no era la ausencia de Dios: era el lugar donde Dios esperaba, sin el ruido que en otros sitios lo tapaba.
Que la humanidad esté atravesando uno de los umbrales más difíciles de su historia no es, desde una perspectiva espiritual, solo una mala noticia. Es también una invitación extraordinaria a preguntarse quiénes somos cuando se quitan las capas de lo que producíamos, de lo que consumíamos, de lo que dábamos por garantizado.
Yo no sé lo que mis sueños anuncian, si es que anuncian algo. No lo sé y he aprendido a vivir con ese no saber sin que me paralice. Lo que sí sé es que algo en mí permanece despierto cuando duerme el mundo. Y que eso, usado con humildad y sin pretensiones, puede ser un servicio. Pequeño, discreto, sin nombre en los créditos.
Como casi todo lo que vale la pena.
Anoto. Guardo. Dejo reposar. Salgo a caminar antes de que salga el sol. Cuido lo concreto.
Las visiones, si son de Dios, se cuidarán solas.
«El Señor no estaba en el viento huracanado. El Señor no estaba en el terremoto. El Señor no estaba en el fuego. Y después del fuego, el susurro de una brisa suave.» (1 Reyes 19, 11-12)


