El desierto atrae, cautiva, hipnotiza… Quienes han vivido en las arenas del Sahara son unánimes respecto a esa sensación no exenta de emociones positivas. Durante los años que estuve en tierras del Magreb fueron numerosas las pernoctaciones en el desierto. La noche es fascinante, con ese arco galáctico cuya contemplación nos hace tan pequeños, apenas átomos en la escala cósmica. Y, sin embargo, somos capaces de grandes cosas y también de grandes atrocidades. No hay nada más que asomarse a la actualidad informativa.
Estar en el desierto es encontrarme conmigo mismo, ver el alcance de mi voluntad, dejarme llevar por los elementos, comprobar mis limitaciones físicas y mentales… meditar y orar abandonado en la voluntad divina.
El desierto expulsa a aquellos que son egoístas, innobles, ajenos al amor.