La ascesis hoy: camino de amor y libertad interior
Hay palabras que el tiempo ha recubierto de ceniza. Ascesis es una de ellas. La oímos y pensamos en cilicio, en piedra fría, en un Dios que exige; pero debajo de esa ceniza late otra cosa: un fuego antiguo, una sed que no busca el desierto para morir en él, sino para aprender a vivir de otro modo.
La ascesis verdadera no nace del miedo. Nace del amor. Y el amor, cuando es hondo, siempre quiere más libertad para darse.
Toda persona lleva dentro una multiplicidad que clama por volverse una. El pensamiento que va por un camino, el deseo por otro, el corazón que no sabe bien adónde pertenece. La tradición cristiana más viva ha sabido siempre que la santidad no es la negación de esa multiplicidad, sino su transfiguración. Y la psicología contemporánea, por otro sendero, ha llegado a la misma orilla: la salud del alma es coherencia, es integración, es que la vida entera fluya desde un centro reconocido. La ascesis, entendida así, no combate el cuerpo ni acalla el deseo. Los acoge, los escucha, los orienta. No reprime la emoción: la educa hacia la ternura. No mutila el querer: lo enseña a querer mejor, desde más adentro, desde más lejos del miedo.
En el corazón de la tradición cristiana hay una convicción que brilla como ascua: todo este camino existe para una sola cosa. Para amar, sin quedar atrapados en nosotros mismos, sin que el ego enturbie el don, sin que el automatismo aplaste la libertad.
El músico practica sus escalas para que, cuando llegue el momento, la música fluya sin obstáculo. El contemplativo cultiva el silencio para que, cuando el otro aparezca, haya espacio donde recibirlo. La ascesis es ese entrenamiento invisible que hace al corazón más poroso, más disponible, más capaz de asombro. No endurece: afina. No cierra: abre. Y en ese abrirse, algo comienza a parecerse a Dios.
La psicología nos ha devuelto el cuerpo. Nos ha recordado que no somos almas encerradas en una jaula de carne, sino cuerpos que piensan, espíritus que sangran, personas enteras en las que lo sagrado habita como en un templo vivo. Una ascesis que desprecia el cuerpo no es cristiana: es gnóstica, es miedo disfrazado de virtud.
El cuerpo necesita descanso. El alma necesita juego. La voluntad necesita límites; pero también necesita respirar. Y el perfeccionismo —esa trampa silenciosa— puede convertir la búsqueda espiritual en otra forma de violencia contra uno mismo. La tradición ha sabido siempre que en esto se necesita acompañamiento: una mirada exterior que ayude a discernir dónde hay crecimiento y dónde hay herida que se repite y, sin embargo, la gran escuela es la vida de cada día. No las grandes renuncias heroicas, sino la pequeña y constante práctica de lo ordinario: escuchar de verdad cuando el otro habla, soltar la necesidad de tener razón, sostener la frustración sin descargarla sobre nadie, cuidar la palabra como si supiera que puede sanar o herir, aprender a habitar el silencio sin llenarlo de ruido.
El desierto no está siempre afuera. Hay un desierto interior que es también fecundo, también lleno de vida escondida, también lugar donde el viento de lo sagrado sopla sin que nadie lo convoque. Y luego está el otro. La ascesis que se cierra en uno mismo se marchita. La madurez espiritual se mide, al final, en la calidad del amor que somos capaces de ofrecer: en la renuncia al egoísmo, en el compartir sin cálculo, en el comprometerse con lo que duele al mundo. La tradición cristiana lo ha dicho siempre con palabras distintas: no hay mística sin ética, no hay contemplación sin servicio, no hay amor a Dios que no pase por el amor al hermano.
La psicología social lo confirma desde otro ángulo: nos hacemos humanos en el encuentro. El aislamiento nos encoge. El vínculo nos expande.
Al final, la ascesis auténtica no huele a incienso rancio ni a culpa acumulada. Huele a tierra mojada después de la lluvia. Huele a libertad ganada despacio, a alegría que no necesita demostrar nada, a una serenidad que no es indiferencia sino profundidad.
La renuncia solo tiene sentido cuando abre espacio para algo más grande que uno mismo. Cuando aquello a lo que renunciamos es más pequeño que aquello que recibimos. Y lo que se recibe, al final, no se puede nombrar del todo: es presencia, es paz, es ese Amor que todo lo sostiene y que, misteriosamente, nos eligió antes de que nosotros lo buscáramos.
La ascesis no es el camino hacia Dios. Es el camino de Dios abierto en nosotros.


