Hacia una política no violenta en un mundo en llamas
Una mirada humanista y cristiana al conflicto EE. UU.–Israel–Irán
Hay preguntas que se consideran ingenuas precisamente cuando se vuelven más urgentes. Una de ellas es esta: ¿puede existir una política exterior fundada en la no violencia? Quienes gobiernan el mundo tienden a descartarla con una sonrisa condescendiente. Pero cuando uno observa el triángulo geopolítico formado por Estados Unidos, Israel e Irán —un sistema que se alimenta de sí mismo, donde cada ataque genera la represalia que justificará el siguiente ataque— empieza a sospechar que lo verdaderamente ingenuo es seguir creyendo que la violencia resuelve algo.
Escribo esto desde una convicción que no es solo moral, sino también empírica: la violencia no estabiliza. Crea la ilusión de control mientras excava, bajo la superficie, las condiciones del próximo estallido. Lo sé porque he vivido años en territorios donde esta lógica se encarna en cuerpos concretos, en familias desplazadas, en memorias que no se borran. El desierto enseña muchas cosas, pero sobre todo que la fuerza que dura no es la que golpea sino la que sostiene.
El conflicto entre estas tres potencias —y digo «potencias» en sentido amplio, porque Irán actúa también mediante milicias que multiplican su radio de acción— se sostiene sobre una arquitectura de mutuos espejismos. Cada actor se ve a sí mismo como el que reacciona, el que se defiende, el que no tiene más remedio. Estados Unidos mantiene una presencia militar en Oriente Medio que cualquier análisis sobrio calificaría de desproporcionada. Israel practica los ataques preventivos como doctrina, convencido de que la amenaza existe siempre antes de materializarse. Irán responde mediante aliados que operan en la penumbra estratégica. Y los tres construyen sobre el otro una narrativa de la que nadie puede salir: el irracional, el fanático, el peligro existencial.
Esta deshumanización del adversario no es un efecto colateral de los conflictos: es su combustible. Mientras el adversario sea el mal encarnado, la violencia no solo se justifica sino que se convierte en obligación moral. Romper ese mecanismo requiere un gesto que todas las tradiciones espirituales han llamado, con distinto nombre, reconocimiento: ver al prójimo antes de que sea enemigo.
La Iglesia Católica ha recorrido un largo camino desde las cruzadas hasta aquí. Durante siglos aceptó, con mayor o menor entusiasmo, la teoría de la «guerra justa», ese constructo teológico que permitía bendecir ejércitos mientras se mantenía la conciencia relativamente tranquila. Pero los últimos pontificados han ido desplazando el centro de gravedad. León XIV —en continuidad real con Francisco, no solo nominal— ha dicho con una claridad que a veces incomoda incluso dentro de la institución que la guerra es siempre una derrota de la humanidad. No una derrota del bando equivocado: de la humanidad entera.
Esta postura no es pacifismo blando. Es una afirmación filosófica y teológica de fondo: que la dignidad de la persona humana es anterior e irreductible a cualquier cálculo político. Que ningún objetivo estratégico —ni la seguridad nacional, ni la hegemonía regional, ni siquiera la autodefensa legítima llevada al extremo— puede justificar la aniquilación sistemática de vidas. León XIV lo ha aplicado con una coherencia que merece reconocerse: ha criticado los ataques de las milicias sostenidas por Irán, las operaciones militares israelíes y la política de confrontación norteamericana. No hay en esa postura el doble rasero que tanto ha dañado la credibilidad moral de Occidente. Y ha ofrecido, una y otra vez, la mediación de la Santa Sede, recordando que la Iglesia no tiene intereses geopolíticos propios y puede actuar como puente entre partes que se niegan a mirarse.
Lo que propone no es la rendición ante el agresor. Es algo más difícil y más radical: usar el poder de otra manera. Diplomacia preventiva, no reactiva. Canales permanentes de diálogo que no dependan de la buena voluntad coyuntural de los gobiernos. Sanciones diseñadas con precisión quirúrgica para afectar a élites corruptas y no a poblaciones enteras que ya sufren suficiente. Apoyo real —no retórico— a la sociedad civil de los países en conflicto, porque los cambios que duran no los hacen los gobiernos sino los pueblos. Y justicia internacional sin excepciones, porque la impunidad es siempre un abono para la próxima violencia.
Cuando uno plantea esto en ciertos foros, suelen aparecer las mismas tres objeciones, casi con las mismas palabras. La primera: «la no violencia no funciona contra dictadores». La segunda: «es demasiado lenta». La tercera: «es utópica».
A la primera cabe responder con historia, no con ideología. Filipinas en 1986 terminó con la dictadura de Marcos sin guerra. Sudáfrica entre 1990 y 1994 desmontó el apartheid sin guerra civil. La Europa del Este en 1989 disolvió un bloque entero sin conflicto armado masivo. Irlanda del Norte en 1998 cerró décadas de violencia con un proceso de paz que nadie habría creído posible años antes. La no violencia organizada, sostenida y políticamente inteligente ha transformado conflictos que parecían irresolubles. Ignorar esta evidencia no es realismo: es pereza intelectual.
A la segunda objeción —que es lenta— habría que responder que la guerra también lo es. Y destructiva. Y que las paces que se imponen por la fuerza duran lo que dura el miedo, que es menos de lo que parece.
La tercera me parece la más reveladora. Llamar «utópico» a quien propone el diálogo mientras se llama «realista» a quien propone el bombardeo es una inversión semántica que dice mucho sobre el estado de nuestra imaginación política. Lo utópico —en el sentido de lo que no tiene lugar posible en la realidad— es creer que la violencia crea estabilidad. No hay en la historia del siglo XX ni del XXI un solo ejemplo de paz duradera construida únicamente sobre la derrota militar del adversario.
En este contexto, España podría jugar un papel que hasta ahora no ha querido o no ha sabido jugar del todo. No porque sea una gran potencia —no lo es— sino precisamente porque no lo es. Los países medianos, sin el peso de los intereses hegemónicos que paralizan a los grandes, tienen a veces más libertad para actuar desde principios. España tiene historia, lengua y vínculos que le darían acceso a espacios diplomáticos cerrados para otros. Podría apostar por una neutralidad activa: no la indiferencia, sino el compromiso con el diálogo; no la exportación de armas, sino la construcción de misiones civiles de paz; no la alineación automática con Washington, sino la promoción de una justicia internacional que se aplique a todos por igual.
Sería un gesto pequeño en el mapa del poder. Pero los gestos pequeños, cuando son coherentes, tienen una fuerza que la geopolítica tradicional no sabe calcular.
El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán no se resolverá mañana. Las heridas son demasiado profundas, las desconfianzas demasiado antiguas, los intereses económicos y militares demasiado poderosos. Pero eso no hace inútil la pregunta sobre si existe otro camino. Al contrario: la hace imprescindible.
Como recuerda León XIV —y antes que él, una larga tradición de pensadores, místicos y activistas que apostaron por lo mismo—, la paz no se impone. Se construye. Se construye con diálogo sostenido cuando el diálogo es difícil, con justicia aplicada sin excepciones, con la voluntad de ver en el adversario no el mal que hay que eliminar sino el ser humano con el que, tarde o temprano, habrá que aprender a vivir.
Esa convicción no es ingenua. Es la más antigua y la más resistente de todas: que cada vida humana tiene un valor que ningún cálculo estratégico puede suprimir. Y que una política exterior que lo olvide no merece el nombre de política, sino de otra cosa.


