El espacio místico del Magreb

Hablar del Magreb es harto complicado. ¿A qué nos referimos con este término? ¿Se trata de un espacio geográfico? ¿Un país? ¿Un conjunto de países? ¿Una definición geopolítica?

El Magreb es todo eso y mucho más; pero si buscamos información en Internet y nos asomamos a fotografías satelitales veremos un inmenso espacio ocre. A vista de pájaro el Magreb es desierto, o así lo parece. Y ciertamente el desierto abarca una buena parte del territorio. Al acercar el campo de visión percibimos una realidad que va perfilándose en un mosaico cromático en el que adivinamos montañas, ríos, valles, ciudades, pueblos, …

El primer contacto del ciudadano occidental con el Magreb suele producirse viajando como turista a alguno de los países que reciben el sobrenombre de ´magrebíes`. Así, resulta habitual visitar Marruecos o Túnez, y menos corriente acercarse a Argelia, Libia (hoy muy difícil debido a la guerra que sufre) o Mauritania. Con ello acabo de citar los cinco países que según la división administrativa actual configuran ese espacio del norte de África. Pero claro, lo administrativo y político no implica un ajuste perfecto con la realidad humana y social, es más, a veces se vertebra un marco geopolítico sin tener en cuenta la diversidad antropológica e histórica.  En cualquier caso, el viajero que decide visitar alguno de esos países tendrá siempre una visión muy parcial.

Estamos hablando de un espacio gigantesco. Solo el desierto del Sahara es 20 veces más grande que España. El Magreb completo ocupa cerca de 20 millones de kilómetros cuadrados.

A los países citados yo añado buena parte de Malí, por la razón de que al menos todo el norte maliense es desértico y en él han prosperado tribus –los famosos Tuaregs- nómadas, presentando semejanzas geográficas, étnico lingüísticas y culturales con los países aludidos.

Como se puede comprobar, no es tan sencillo delimitar el Magreb y menos sencillo aún describir lo que hay en ese espacio, su historia, su diversidad étnica, cultural, tribal, etcétera. La razón de estas dificultades hay que buscarla en el periodo de la colonización africana por parte de algunos países europeos. Las potencias occidentales fueron ocupando regiones y territorios ignorando en buena medida la riqueza histórica y humana de las poblaciones sometidas al poder del llamado “primer mundo”. La posterior ´descolonización` no resultó un proceso homogéneo y respetuoso con los pueblos sometidos. En todo ese tiempo se cometieron todo tipo de barbaridades, entre ellas el saqueo sistemático de bibliotecas enteras con manuscritos de un valor incalculable, la destrucción de modos de vida ancestrales en virtud de los criterios impuestos desde las cancillerías europeas, por ejemplo, trazando fronteras artificiales con escuadra y cartabón sobre un mapa para delimitar los países, lo cual alteró, entre otras muchas actividades, el nomadismo, piedra angular de las culturas beduinas, o las prácticas de piedad populares, como las peregrinaciones a las tumbas de los santos sufíes, o la destrucción sistemática de madrazas y otros espacios de enseñanza. En fin, el rosario de desastres es enorme.

            Fruto de aquellas arbitrariedades basadas en la prepotencia y dominio político y militar de los países europeos, el Magreb fue hundiéndose en la inestabilidad, la corrupción estructural de la sociedad, la pérdida de las diferentes identidades culturales, la homogeneización artificial de costumbres, las ambiciones políticas de una nueva generación de líderes locales formados casi todos en centros universitarios occidentales, el crecimiento de la población bajo criterios de alcanzar una prosperidad “a la europea”, el surgimiento de nuevos conflictos territoriales, como el famoso del Sahara Occidental y los Saharauis, devenido así desde la salida de España de su “provincia sahariana” en 1976, etcétera.

            Es todavía ahora, en pleno siglo XXI, cuando el Magreb sigue sumido en un conjunto de problemas que se han enquistado y que han impedido en gran medida un desarrollo social acorde con los nuevos tiempos. A pesar de ello, la población magrebí ha experimentado extraordinarios avances en numerosos ámbitos de la vida, variando de unos países a otros.

            Pero todo ello, en mi opinión, palidece ante un hecho que con frecuencia pasa desapercibido para los analistas occidentales y también para buena parte de los magrebíes. Me refiero a la “dimensión mística del Magreb”, expresión con la que defino el componente más importante de las culturas que se desarrollaron en el África del Norte.

            El misticismo, entendido al modo occidental, es un don de Dios que se recibe en gran medida por la vía ascética, es decir, renunciando a los “placeres del mundo”. Se trata de un ámbito minoritario producido en el cristianismo monástico y el eremitismo, especialmente a partir del siglo IV de nuestra era con el surgimiento de los llamados “Padres del Desierto”.

            En el Lejano Oriente, el misticismo se cultiva en una suerte de ascetismo y estudio de la mente mediante ejercicios de meditación intensa, yoga, contemplación, hasta que surge la iluminación. Son los caminos propios del hinduismo y el budismo.

            En el Magreb, como en buena parte del Medio Oriente, la mística se desarrolla apegada a la tierra, al nomadismo, al espacio geográfico, en un ascetismo compartido por la familia, el clan, la tribu. Donde iban las familias llevaban consigo la dimensión mística fraguada en los grandes espacios abiertos del desierto, los valles o las montañas. No se entendía una tribu sin sus místicos, hombres considerados santos, virtuosos, capaces de obrar prodigios, ´milagros`, un misticismo surgido en el islam temprano, tomando como ejemplo y guía las prácticas meditativas del profeta Mohammed, la paz sea con él.

            Un misticismo practicado “hacia dentro”, y un misticismo “practicado hacia fuera”. Esta fue la gran diferencia del Magreb que se ha mantenido, no sin desviaciones y contaminaciones externas, hasta nuestros días.

            Esta peculiaridad de las tribus magrebíes permitió que después de una historia de encuentros y desencuentros, colonización y descolonización, el Magreb siga atrapando y cautivando al viajero en la actualidad, pues toda la grandeza de sus gentes y de sus pueblos se debe precisamente al componente místico y religioso que los vertebró y que de alguna forma impregnan el cotidiano vivir.

            En definitiva, el devenir histórico del Magreb presenta un amplio abanico de ´historias` paralelas, periodos oscuros, olvidos, reconstrucciones interesadas, conclusiones occidentalizadas, desconocimiento de hechos que marcaron profundamente la idiosincrasia ancestral de sus gentes… la tarea de reconstrucción de los hechos es ingente y, me temo, casi imposible de realizar.

            No es objeto de este ensayo entrar en la discusión de tales cuestiones, puesto que ni soy historiador ni lo pretendo y la extensión necesaria para tratar dichas cuestiones implicaría la escritura y edición de varios volúmenes. Por otra parte, mi interés es el ámbito religioso, no tanto en su vertiente teológica sino en los aspectos cotidianos de una práctica que, como decía más arriba, han sido la argamasa para edificar el imponente espacio social magrebí. Tampoco es baladí el empeño.

            El hispanófono que pretenda desenmarañar la historia religiosa del Magreb, como es mi caso, se llevará una severa frustración inicial: la poca bibliografía[1] existente en idioma español. Tendrá que rebuscar en libros de historia general, de antropología y sociología, la mayoría de ellos demasiado especializados en sus áreas de estudio. Acudirá a revistas especializadas en arabismo, en africanismo, en ciencias políticas. Tal vez visite algunos archivos y bibliotecas, y acabará por sumergirse en el ámbito del sufismo magrebí, corriente mística del islam; pero no el único tipo de misticismo existente en estas tierras. Si desea ir más allá, necesitará leer textos académicos escritos por autores franceses, verdaderos especialistas en estos temas y quizá en Europa los que mayor empeño han tenido en estudiar a fondo la historia y la religión de los pueblos magrebíes. Lo tenían más fácil al ser Francia potencia colonial poderosa en todo el norte y oeste de África. Ellos acapararon las fuentes informativas, localizaron los grandes centros intelectuales y sustrajeron manuscritos y un material precioso que ha sido compartido con cuentagotas, ejerciendo una influencia importante hasta nuestros días. Pero aun así se abre una amplia falla entre la labor académica occidental y la evolución real de los hechos. Para profundizar aún más en tales cuestiones, habrá que acudir a investigadores locales, ninguneados casi siempre en las instituciones universitarias europeas hasta hace pocos años, hoy empiezan a ser reconocidos y algunos de ellos son profesores[2] de universidades acreditadas, forman parte de grupos de investigación y publican artículos científicos en las revistas más acreditadas de cada especialidad.

            Sin embargo, y para desesperación del interesado, a pesar de leer toda la producción bibliográfica[3] existente sobre la materia, quedará preso de cierta impotencia. ¿Cómo es posible que después de leer montañas de documentos, libros, incluso de haber viajado a tal o cual país del Magreb, siga escapándoseme la esencia de la espiritualidad magrebí? –Esto mismo me preguntaba yo hace más de quince años. Leía, hablaba con eruditos de Mauritania o Marruecos, frecuentaba amistades con ulemas, imames, o con gente corriente y normal imbuida de cierto conocimiento natural y, sin embargo, no lograba penetrar en lo más profundo de la identidad magrebí.

            La dificultad de esta falta de entendimiento profundo radica en la transmisión cultural donde predomina la expresión oral por encima de la escrita, así como las reservas para hablar de ciertos temas con desconocidos y los pactos de silencio. En efecto, muchos de los hechos que han acontecido en el Magreb se han transmitido oralmente de generación en generación, principalmente en las tribus nómadas. Aunque disponían de la escritura en árabe o en otros idiomas locales, empleada casi siempre para hacer bellas copias caligrafiadas del Sagrado Corán, o de los Hadices, o de la Jurisprudencia, la poesía o las narraciones de los hechos eran orales, dando pie a hermosos estilos de narración oral, acompañados por instrumentos musicales sencillos o por las palmadas de los asistentes. Así, no es de extrañar que una buena parte de la producción intelectual no haya quedado reflejada en libros y documentos.

            Poco a poco fui introduciéndome en la sociedad magrebí, siempre de una forma limitada, pues son tantas las tribus, los idiomas y dialectos, los pueblos que necesariamente uno tiene que elegir el lugar geográfico y el ámbito social en el que pretende indagar. Este es un problema típico para los antropólogos, condicionados por su propia cultura y por sus estudios previos. En mi caso, y como ya he referido en el prólogo, el ´salto` no fue antropológico sino religioso en primer lugar y sentimental después, ya que el ser admitido por la tariqa sufí como un hermano más conllevó en mí el deseo de conocer mejor aquello en lo que me había metido, y ya se sabe, una cosa conduce a la otra y de forma particular se acaba en el lugar que te reserva el destino, como suele decirse. Ese lugar fue Dakhla, ciudad situada al sur, fundada por los españoles con el nombre de “Villa Cisneros”. Allí recalé y desde allí inicié la segunda parte de mi exploración espiritual que conllevaba, por supuesto, abrirme a la realidad sahariana en todos sus ámbitos para, empapándome de esa cultura maravillosa, atisbar y conocer también otras culturas magrebíes como la bereber y sus manifestaciones religiosas. Constituyó el inicio de un camino que no ha acabado aún y que me ha permitido solucionar en buena parte el problema que exponía más arriba.

            Gracias a Dios siempre tuve una visión holística a la hora de abordar la investigación de los asuntos que me interesaba. Esto me permitió construir un discurso coherente partiendo de la realidad que estaba viviendo. No se trataba solo de una “observación participante”, técnica empleada en antropología, ni de ´triangular` los resultados de diversas observaciones y fenómenos, sino que partiendo del día a día involucrado en muy diferentes actividades fui saboreando y valorando los numerosos matices de las sociedades magrebíes, ya digo, no de forma completa; pero sí lo suficientemente amplia como para hacerme una idea cabal de aquello que me interesaba, que no era otra cosa que la dimensión espiritual tamizada por mi propia experiencia religiosa y por cierta visión poética de lo que se me ha presentado a lo largo de mi vida.

            Finalmente, después de lecturas, conversaciones, viajes y experiencias diversas en aquella región del mundo, me quedo con la dimensión religiosa que da pie al misticismo fraguado en la tradición sufí, cuya raíz es muy anterior al islam y se alimenta de distintas fuentes mistéricas y filosóficas, si bien esta particularidad solo tiene un interés histórico, puesto que lo importante es el hecho experiencial, quiero decir, el anonadamiento místico que puede tener diversas vías de entrada y no necesariamente teístas, como así queda patente en las tradiciones religiosas orientales.

            En cualquier caso, lo sustancial es ese caminar con la certeza de transitar por un espacio definido que cada buscador matizará en función de su procedencia geográfica y cosmovisión religiosa.

            He tenido la oportunidad de abundar en este crisol espiritual que es el sufismo y, siendo consciente de mis limitaciones como hombre, he podido saborear algo de ese espacio que constituye el horizonte de mi vida.


[1] Constituye una base importante de información el libro escrito por Julio Caro Baroja titulado “Estudios Saharianos”, después de su estadía en el Sahara Occidental desde noviembre de 1952 hasta febrero de 1953, si bien solo se refiere al territorio que en aquellos constituía la provincia española.

[2] Por ejemplo, Rahal Boubrik, profesor de la Universidad Mohamed V de Rabat (Marruecos) y colaborador de varias instituciones académicas de Europa, está desempeñando una fabulosa labor científica. Autor de numerosas obras en las que trata los aspectos religiosos en el Magreb.

[3] La persona interesada puede acudir a revistas como “Hesperis”, “Ibla” o “Revue Africaine”, entre otras.

Ramadán

El pasado 1 de marzo comenzó el mes de Ramadán, obligatorio durante 29 ó 30 días para todos los musulmanes. Se trata de un tiempo de ayuno, oración y meditación.

Si el ayuno permite que el organismo elimine todo lo que es inútil para el cuerpo y contribuye a prevenir enfermedades, es también la oportunidad de hacer un balance existencial y aprender mucho sobre el autocontrol, la solidaridad y la auto disciplina.

El ayuno también fomenta la fraternidad. La abundancia de alimentos, bebidas y los muchos pequeños placeres terrenales a menudo hacen olvidar que algún día pueden escasear. Se ordenó el mes de Ramadán para despertar conciencia y un recordatorio.

Es un llamamiento al altruismo y a la solidaridad. Feliz y bendecido mes a todos los musulmanes.

Eremitas en el Sahara

Al hablar de desierto no me refiero solo al físico, geográfico, el del Sahara, que sí, también, por supuesto, el desierto por antonomasia, el más grande del planeta, lugar donde se han producido hechos espirituales
asombrosos protagonizados por mujeres y hombres apartados de la ciudad o del pueblo, alejados del ruido y las cosas mundanas, así, en soledad fecunda, a veces incomprendida, a veces perseguida, a veces maltratada por
los poderosos, los fariseos de todos los tiempos y lugares, porque el fariseísmo es más que un movimiento político judío de la época de Jesús. Se trata de una condición humana, legalista, rigorista, exclusivista, fanatizada,
irracional en extremo. Sí, fariseos han existido siempre. Siguen en el judaísmo y permanecen en el cristianismo y en el islam. Tratan de condicionar aquello que tocan, allá donde viven y prosperan.
Al hablar del desierto apelo también a esa condición de posible soledad compartida dentro del mundo, dentro de las urbes, en pleno bullicio; pero sin afectar lo más mínimo la condición de mujer u hombre apartado, refractario a los apetitos que divulgan los creadores de opinión, o del consumo barato, efímero e insustancial.
Al hablar del desierto me refiero a ermitaños y morabitos. Cristianos y musulmanes. Todos abandonados al Único Dios, al Compasivo y Misericordioso, muchas veces alejados de dogmas y teologías complejas, alejados de filosofías de moda, de tendencias ideológicas, cautivos de una sola mirada, caminantes del mismo camino, peregrinos en la única peregrinación válida, habitantes del único deseo: la cercanía y proximidad al
Amado.

Al alba, la llamada a la oración abarca la inmensa llanura desértica en un apartado rincón de la región de Dakhla, en el sur de Marruecos. Apenas la claridad incipiente en el firmamento permiten distinguir un paisaje aún cubierto por las sombras de la noche… Allahu Akbar… Allahu Akbar… La illaha illah Allah! (¡Dios es Grande, Dios es Grande… No hay otra divinidad más que Dios!) exclama con voz potente un hombre mayor vestido con una yilaba de gruesa lana, en la puerta de un pequeño edificio construido con sus propias manos. Su voz resuena por todas partes. Solo su voz. Los pájaros que anidan en los arbustos cercanos empiezan a desperezarse.
En el cielo las estrellas domina aún el arco celeste. Hace frío. El hombre concluye el Adham (invitación a rezar) y se dirige a la pequeña mezquita, construida con sus propias manos al igual que el edificio que le cobija y donde pasa gran parte del tiempo: dos cuartos para descansar, un lavabo, cocina,
un pequeño despacho y almacén. Acuden a la llamada sus dos hijos varones que están pasando unos días con su padre. Yo también voy al salat (oración), el primero de la mañana. Ese tiempo de adoración a nuestro Creador se prolonga durante casi una hora, entre oración ritual, contemplación, duás (peticiones a Dios)… Después salimos al exterior. La luz nos permite ya ver con comodidad el terreno, la amplia pradera que nos rodea, las pequeñas talhas (acacias) y arbustos que crecen por doquier.
Cerca, en un establo, una docena de cabras esperan para salir a pastar. Sidi Hafa, así se llama mi amigo y padrino de tribu, acude raudo para abrirles la puerta. Sus hijos y yo le imitamos. Así empieza la jornada laboral. Estamos
construyendo un perímetro de piedra alrededor de la zagüía, nombre con el que se conocen estos edificios sencillos. Nuestra intención es que las cabras no entren en ese espacio, vano intento puesto que, como es sabido, las cabras son animales que suelen ir por libre. En cualquier caso es conveniente delimitar las zonas de vivienda humana y vivienda del ganado, cada uno en su sitio, juntos pero no revueltos. Además Sidi Hafa ha destinado unos cuantos cientos de metros cuadrados de terreno a la puesta en marcha de un huerto con la intención de abastecerse de algunas verduras y patatas.
Completan la zagüía un gallinero para la cría de gallinas y obtener también huevos, así como las duchas destinadas a visitantes que suelen acercarse por el lugar. Todo construido por Sidi Hafa y su familia.
A eso de las 9 de la mañana desayunamos: té, pasta hecha por las mujeres de la familia y algún dátil. Hoy no es día de ayuno, ni estamos en el mes de Ramadán, así que podemos comer y beber sin
preocuparnos por las horas. A pesar de ello, comemos poco. Después de desayuno nuevamente nos dirigimos a la mezquita para hacer el «Salat Doha», una oración voluntaria. Tras unos minutos ya estamos laborando. La tarea es
mucha: coger piedras, cargarlas, llevarlas a los lugares donde las vamos colocando. El día avanza y empieza a hacer calor; pero es soportable. Así pasamos buena parte de la mañana. Más tarde a las tareas propias del huerto. El agua es el problema mayor. Hay que traerla en camiones cisterna y llenar unas balsas de pvc con capacidad para 5.000 litros. Tenemos intención de economizar agua aplicando el sistema de riego por goteo.
Entre las faenas agrícolas, acarrear piedras y controlar que las cabras y las gallinas no entren en el huerto,
como así sucedió en una ocasión y nos comieron casi todos los brotes. A eso de la 1 de la tarde paramos para asearnos y rezar, cosa que hacemos tras el pertinente Adham anunciando la oración, el Salat Dhuhr. Concluido el
Salat comemos arroz con carne de dromedario. Durante la comida comentamos las noticias del día que nos llegan con dificultad por un aparato de radio. Aquí apenas se puede sintonizar las emisoras y las señales de telefonía son muy débiles, así que la información suele llegar por alguien que viene de visita. Todo es sencillo. El día discurre sin sobresaltos, sin estrés, sin esperar nada en concreto, sin establecer planes, entre oración, contemplación, meditación, trabajo y tiempo de descanso y ocio consistente mayormente en conversar, contar historias del
pasado, anécdotas, algún chiste y poco más.
Después del almuerzo es tiempo de siesta, costumbre provechosa para recuperarse de las fatigas
mañaneras, aunque yo me voy al pequeño despacho con intención de ojear algunos libros con más de 200 años de antigüedad, manuscritos y encuadernados con piel de cabra. Uno de ellos es un ´Tafsir, como así denomina a la ciencia que interpreta el Sagrado Corán. Está escrito sobre papel ya muy deteriorado y en algunas partes la tinta, fabricada por la propia persona que escribió el libro, se ha borrado o se lee con suma dificultad. Pienso que hay que proteger estos libros, reunirlos en bibliotecas acondicionadas, clasificarlos, estudiarlos… algo así se está haciendo en Malí y en Mauritania. Constituyen un patrimonio cultural de valor incalculable. Reflexiono sobre estos lugares destinados a la vida eremítica, como decimos en Occidente, esto es, sitios donde el morador vive y destina gran parte del día a la oración y la contemplación, a veces solo, a veces en compañía de su familia. En el norte de África son frecuentes y gozan de una larga tradición. El ´morabitismo` fue todo un movimiento social que vertebró en buena parte amplias regiones del Magreb. Los morabitos venían a ser el equivalente islámico de los ermitaños cristianos, hombres y mujeres cuyas vidas constituían ejemplos a seguir por la comunidad, con dones y carismas particulares que atraían la visita de musulmanes para curarse del «mal de ojo», de
brujerías, o de enfermedades físicas, o simplemente para disfrutar de la baraka -las bendiciones de Dios- que canalizaba el morabito.
Muchos de esos lugares, como he dicho más arriba conocidos con el nombre de ´zagüias (literalmente = rincones apartados) se convirtieron en espacios de culto, peregrinaje y educación islámica. Aún sobreviven estas zagüias, algunas de ellas vinculadas a cofradías sufíes. Un morabito en tierras argelinas fue Carlos de Foucauld, quien vivió y murió asesinado en su propia zagüia, siendo vecino de los tuaregs. El «hermano universal», ofreció su testimonio de compromiso religioso y de comunión con los musulmanes.

La tarde avanza. Se ha levantado una ligera brisa y yo aprovecho para dar una cabezada antes del Salat Asr. Concluido éste, retomamos la actividad laboral pero sin la intensidad ejercida durante la mañana. Mi padrino y sus hijos van en busca de las cabras, están lejos. Hay que llevarlas al corral. Con las gallinas es más difícil, pululan por aquí y por allá, saltan al huerto, nos arman estropicio casi siempre, tenemos que correr tras ellas, difícil cogerlas… en esas ocasiones pensamos en no criarlas pues alborotan mucho. Poco antes del «Salat Magreb» (puesta del sol), hemos concluido toda actividad laboral. Yo voy a dar un pequeño paseo por las inmediaciones de la zagüía, antes de que oscurezca del todo.

Con el manto nocturno encima de nosotros permanecemos en la
mezquita hasta el último salat comunitario del día, el Salat Isha, aproximadamente a la hora y media posterior a la puesta de sol. En ese tiempo se recita el Corán en voz alta, o se leen episodios y narraciones de los profetas, o se elevan diferentes plegarias. También algunas veces permanecemos en silencio y solo el susurro del viento filtrándose por la puerta de la mezquita constituye el único sonido. Entonces interpretamos el silencio, le preguntamos y él nos responde: Solo importa Dios, su grandeza, a Él le debemos todo.
Tras la oración llega el tiempo de ocio, conversación alegre con la familia. Nos ha visitado un pariente y pasará la noche con nosotros. Trae noticias de la ciudad y del mundo. Cenamos, disfrutamos el momento presente, sin más
averiguaciones de ningún tipo. En algunas ocasiones me preguntan por cuestiones relativas al Cristianismo. Existe un interés real entre los musulmanes por conocer los dogmas y las creencias cristianas. No se trata de simple curiosidad sino de interés por comprender cómo Dios se ha ido manifestando a lo largo de la historia de la humanidad en una «Revelación progresiva». Para los musulmanes todos los profetas son importantes, han traído y divulgado el mismo mensaje, incluido el noble profeta Isa (Jesús de Nazaret) que ocupa un puesto especial en el
islam. Decía Ibn Arabí que Jesús era el «Sello de la Santidad» y Mohammed el «Sello de la Profecía».


Sidi Hafa, mi padrino, me invita a dar una vuelta con él por los alredores de la zagüía, el cielo siempre henchido de
estrellas. Nos alejamos y hablamos, un poco en castellano, un poco en ´hasaniya` (árabe dialectal saharaui).
Me cuenta sus cosas y yo le cuento las mías. Sonreímos. Contemplamos las estrellas y decimos casi al unísono:
Al Handulilah! Alabado sea Dios.

El papel de la religión y la identidad en la vida árabe

Existe una falta de armonía en las sociedades árabes sobre cómo ver dos cuestiones como axiomas y puntos de partida en las sociedades modernas exitosas: la identidad y el papel de la religión. Resolver cómo entender estas dos cuestiones es la base para construir naciones árabes avanzadas y unificadas, y sin eso, el desequilibrio permanecerá, y la fractura es probable, en la estructura y la unidad de cualquier país árabe. Insistir en la primacía de las «identidades» no nacionales y árabes hará que algunos ciudadanos sean leales fuera de su patria, en virtud de «referencias religiosas o étnicas», y proporcionará el clima adecuado para la intervención extranjera y los conflictos civiles.

Pero este no es un tema nuevo. Desde principios del siglo XX, en la región árabe se ha planteado la cuestión específicamente de la identidad de esta región, que es la etapa en la que el mundo islámico comenzó a clasificarse después del final de la era otomana en estados y entidades de acuerdo con el acuerdo Sykes-Picot. Sin embargo, lo ocurrido durante el siglo XX demostró que el arabismo cultural y el factor religioso-civilizatorio no pueden separarse en la región árabe. El arabismo y la fe religiosa son una condición concomitante, y es diferente de cualquier relación entre la religión y otras nacionalidades en el mundo musulmán. Para alejarse de la religión (que es el Islam), Turquía tuvo que aferrarse a su nacionalismo turco y reemplazar su alfabeto árabe por el latín. Este ejemplo ocurrido en Turquía hizo creer a muchos árabes, que se adhieren a su religión islámica, que hablar de nacionalismo árabe también significa abandonar su religión, en comparación con la experiencia nacional turca de principios del siglo XX, mientras que el asunto difiere en cuanto a la especificidad de la relación entre arabismo y el mensaje islámico, ya que es un asunto para los árabes que ninguna otra nacionalidad en el mundo islámico comparte con ellos. El árabe es el idioma del Sagrado Corán, y la cultura árabe es a través de la cual el llamado islámico se extendió por todo el mundo.

Como dice el conocido refrán: «Cuántos crímenes se cometen en tu nombre, libertad», muchos crímenes han ocurrido y se están cometiendo en nombre de la «identidad» nacional o árabe o incluso de la propia religión… Sin embargo, ¿los crímenes en nombre de la «libertad» han llevado al abandono de este noble objetivo y de la legítima reivindicación de cada individuo, grupo y nación?

La «identidad árabe» solía significar -y sigue significando- la convicción de que los árabes son una nación que ahora consta de varios países, pero que constituyen entre ellos una única extensión geográfica, cultural y civilizatoria, en la que se integran los recursos y las energías humanas y materiales. Los afectados por la consolidación y activación de esta «identidad» son inevitablemente los no árabes, que en el pasado, así como en el presente, impiden la unificación de los pueblos de la nación árabe para preservar sus intereses en la región y el futuro de su agotamiento de sus riquezas.

Pero el papel de la religión en la vida árabe es un arma de doble filo, donde es importante distinguir entre lo que está en el Islam y todos los mensajes celestiales de valores y principios muy importantes, en todo momento y lugar, para la persona individual y para el grupo, y entre los asuntos relacionados con las transacciones y el culto, que difieren en la jurisprudencia incluso dentro de la misma secta. Por tanto, hablar de sociedades civiles modernas exitosas se asocia con la cuestión de distinguir entre la religión y el Estado, entre la importancia del papel de la religión en la sociedad y la inadmisibilidad de la injerencia de los «clérigos» en cuestiones de gobernanza y promulgación de constituciones y leyes, que inevitablemente deben estar guiadas por valores y principios religiosos y humanitarios comunes.

La región árabe es la cuna de todos los mensajes divinos, profetas y lugares de peregrinación religiosa y, por tanto, la ausencia o marginación del papel de la religión en ella es prácticamente imposible. La separación de la religión de la sociedad en cualquier nación sólo se ha logrado por la fuerza (por ejemplo, las experiencias de los regímenes comunistas). En cuanto a la separación de la religión y el Estado o la gobernabilidad en los regímenes occidentales era relativa, en Europa es una separación completa en el comportamiento político y personal, y en América sólo está separada por cuestiones de gobernanza. En Gran Bretaña, difiere de los modelos francés y estadounidense.

Pero el laicismo por sí solo no fue la varita mágica que construyó Europa y América en la era moderna, y el laicismo y la democracia por sí solos, en todos los países europeos, no fueron suficientes para lograr el progreso y la construcción económica y social, por lo que existía la necesidad de la unión y la integración con otros europeos (la Unión Europea). Lo mismo ocurre en el modelo estadounidense, donde ningún Estado de EE.UU. puede construir su progreso económico y social aislado de otros Estados.

Estas son lecciones importantes para los árabes si realmente aspiran a construir un futuro mejor.

Encontramos algunos medios de comunicación árabes que distribuyen los movimientos políticos en dos grupos, «islámicos» o «seculares», sin darse cuenta de que estas etiquetas no reflejan realmente la realidad y las creencias de todos los movimientos y corrientes de pensamiento árabes. No es permisible adoptar una nomenclatura que ponga al otro en la posición opuesta. ¿Un hecho que no sea miembro de un movimiento político de carácter religioso significa que no es creyente, musulmán o que está en contradicción con la religión misma? ¿Alguien que pertenezca a una corriente política religiosa quiere decir que rechaza las libertades y las sociedades civiles preconizadas por aquellos con pensamientos civiles o «seculares»?

Las cuestiones de la liberación, la identidad nacional, la justicia social, la resistencia a la ocupación y la lucha contra la injusticia dondequiera y donde sea que sea, son cuestiones humanitarias generales que no están vinculadas a un enfoque intelectual específico. La religión no contradice estas cuestiones, ni apartarse de ellas significa abandonarlas. Hay muchos ejemplos de sociedades que han luchado por estos temas, pero tienen diferentes motivaciones intelectuales y puntos de vista sobre el papel de la religión en la vida.

Antisemitismo

Hace unos días el Papa Francisco fue acusado de antisemita por el gobierno israelí; sin embargo el Papa nunca ha ignorado el mal que cometen Hamás y otros grupos armados y lo ha condenado en numerosas ocasiones.

Es una creencia atemporal que cuando alguien te hace un mal, no por eso tienes licencia para cometerlo tú mismo. Como nos enseñó nuestro primer Papa, un judío: “No devuelvas mal por mal” (1 Pedro 3:9) .

Ni a Israel ni a los judíos se les está señalando en este sentido. Eso es absurdo y es otro ejemplo más de por qué la acusación de “¡usted es antisemita!” (tan a menudo calumnia) ya no funciona.

¿Eran “antisemitas” los profetas de Israel cuando criticaban las graves deficiencias de Israel? No, no lo eran. Existe un estándar moral universal al que deben rendir cuentas todos los hombres y todas las naciones, incluido el Estado de Israel.

¡Es repugnante la constante negación israelí de cualquier responsabilidad por sus propias acciones!

Yo condeno este tipo de comportamiento por parte de cualquier estado nacional, incluyendo el de los judíos. El único doble rasero aquí es el que Israel parece esperar de sí mismo.

La Navidad en la mística islámica

El gran místico y poeta musulmán medieval, Jalal al-Din Rumi (1207-1273), interpretó el nacimiento de Jesús como una alegoría del alma. Rumi nació en Balkh, en el norte de Afganistán, pero su familia huyó de las invasiones mongolas y se estableció en Konya, en lo que hoy es Turquía. Rumi era un niño refugiado. Anatolia había sido territorio bizantino y en la época de Rumi, Konya todavía tenía una importante población cristiana de habla griega que celebraba la Navidad a su alrededor.

Tanto la tradición cristiana como la musulmana honran a María, la madre de Jesús, y era natural que Rumi pensara en el significado espiritual de la Natividad.

El Corán cuenta la historia del nacimiento virginal en el capítulo 19, titulado «María».

El Capítulo de María, 19:16-23, dice (mi interpretación):

Y menciona en el Libro a María, cuando se retiró de su familia a un lugar oriental.

Y una vez alejada de ellos, se escondió detrás de un biombo. Entonces le enviamos nuestro espíritu, que tomó la forma de un hombre bien formado.

Ella dijo: «Me refugio en el Todo Misericordioso de ti, si eres piadoso».

Él dijo: «No soy más que un ángel de tu señor, que ha venido a concederte un hijo sin mancha».

Ella dijo: «¿Tendré un hijo, cuando ningún mortal me ha tocado, y yo no he sido rebelde?»

Él dijo: «Así es». Dijo: «Tu Señor dice que es fácil para mí. Haremos de él una señal para el pueblo y una misericordia de nuestra parte. El asunto ya está decretado».

Así que ella lo dio a luz y se retiró con él a un lugar apartado.

Y los dolores del parto la llevaron al tronco de una palmera. Ella dijo: «Desearía haber muerto antes de ahora, y haber sido olvidada en el olvido».

Rumi hace de esta mención de los dolores del parto su punto de partida para considerar el mensaje espiritual de este evento. Interpretaré del texto original en árabe.

Rumi dice que el dolor es lo que impulsa a los seres humanos a emprender cualquier tarea. Mientras el dolor asociado con ese esfuerzo, y la pasión por él, no llene sus entrañas, las personas no se esforzarán por lograr ese objetivo, ya sea que se refiera al éxito mundano o a la salvación en el otro mundo.

Sólo cuando comenzaron las dolorosas contracciones del parto, María abrazó la palmera, observa Rumi. (Esta imagen del Corán sobre María y el dolor del parto y la palmera se basa en las tradiciones literarias griegas que todavía se cultivaban en el Cercano Oriente, que se pueden ver en el mito de Leto dando a luz en Delos a Apolo).

Ahora Rumi nos insta a pensar en la historia como una alegoría del alma. María, dice, es como el cuerpo incorpóreo, y cada uno de nosotros tiene un Jesús en su interior. Cuando experimentamos dolor, nace nuestro Jesús. Sin ese tormento insoportable, Jesús vuelve de nuevo a su esencia por su camino secreto, y nosotros permanecemos privados y sin toda participación en él.

En otra parte del Corán, en 3:47, cuando María le pregunta al ángel cómo puede dar a luz a pesar de ser virgen, él responde que cuando Dios quiere que algo suceda, simplemente dice: «¡Sé!» y así es.

Rumi continúa diciendo que ha usado palabras para dibujar esta alegoría de cada una de nuestras almas dando a luz a nuestro yo más realizado (es decir, nuestro Jesús) trabajando mediante un profundo dolor existencial que sufrimos.

Sostiene, sin embargo, que un buscador espiritualmente más avanzado no necesitará palabras y alegorías para ver esta verdad, sino que la leerá en la naturaleza, en los cielos y en la tierra, ya que ellas mismas son el resultado del mandato de Dios: «¡Sé!» y así es.

La noción de Rumi de que cada ser humano tiene un Jesús dentro esperando nacer no es ajena al misticismo cristiano.

Pablo dice (Gálatas 2:20) «y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí». En Corintios 2:16, Pablo pregunta: «Porque ¿quién ha conocido la mente del Señor para instruirle? Pero nosotros tenemos la mente de Cristo (hēmeis de noun Christou echomen)».

Rumi y su hijo escribieron algunos versos místicos en griego, demostrando que conocían bien el idioma. Aunque es obvio que gran parte del pensamiento de Rumi es neoplatónico, nunca he visto a nadie discutir las posibles influencias sobre él del neoplatonismo bizantino. En cualquier caso, Rumi probablemente conocía estos versículos de Pablo.

Así que eso es lo que significa la Navidad para algunos musulmanes sufíes: es un momento para conmemorar los dolores que sufrió la Madre María y el nacimiento de algo maravilloso, que surge de trabajar a través de la agonía del alma: el yo realizado y perfeccionado, el Jesús dentro de cada uno de nosotros.

Conversación con un erudito musulmán

Polvo, arena en suspensión, calor… así fui recibido al llegar a la ciudad de Dakhla un buen día de marzo en el vetusto avión comercial, más bien avioneta de 15 plazas, con origen en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria. Un sudor intenso recorría mi piel, mezclado con el de los pasajeros que -casi apretujados en rudos asientos de cuero- íbamos en la cabina de la aeronave.

Llegar a esta bella capital de provincias, constituía el final de una ruta que había empezado meses atrás, cuando me invitaron a pasar unos días en la ciudad marroquí de Meknés. Allí pude conocer un erudito especializado en historia quien me habló de las singularidades del Sahara, más allá de las cuestiones políticas acontecidas en la región durante las últimas décadas tras la famosa “Marcha Verde” protagonizada por los marroquíes y el posterior abandono del territorio por parte de España.

Sidi Mohamed era un hombre mayor que conservaba una lucidez increíble. Hablaba con naturalidad media docena de idiomas, había viajado por medio mundo pues tuvo un negocio textil con el que continuó uno de sus hijos, era de los pocos hombres de su generación con estudios universitarios, en concreto una licenciatura en filología árabe, había escrito unos cuantos libros de filosofía islámica y, en definitiva, se trataba de un hombre sabio, según el sentir popular y académico de su país; pero, más allá de su curriculum vital, Sidi Mohamed era, ante todo, un místico. Buena prueba de ello se sustentaba sobre un numeroso grupo de hombres y mujeres que conformaban una tariqa, es decir, una cofradía religiosa. Así, se había granjeado fama de santidad a pesar de que él renegase de tales calificativos. En cualquier caso, su tariqa, siendo pequeña respecto a otras mucho más grandes y antiguas, tenía una vitalidad tremenda.

Coincidí con Sidi Mohamed en un zoco del barrio antiguo de la ciudad. Yo estaba curioseando en un puesto ambulante y él llevaba un rato hablando con el comerciante. Al verme allí me saludó y rápidamente entabló conversación conmigo. Me dijo que estaba esperándome, ante lo cual, completamente asombrado, le pregunté que cómo era posible si no nos conocíamos. Lo que siguió fue un silencio prolongado con una invitación posterior a acompañarle a su casa. Mi situación de invitado en casa de unos amigos me hizo rechazar amablemente la invitación; pero él insistió, de tal forma que al final acepté; pero, eso sí, con la consideración de avisarlos por teléfono.

La casa estaba a las afueras de la ciudad, no muy lejos del zoco, así que fuimos caminando. El día no propiciaba un lento y plácido paseo conversando. Por el contrario, fuimos a buen paso. Un cielo con grandes nubarrones presagiaban tormenta.

Ya en el interior me di cuenta de las dimensiones del edificio, con patio interior incluido y algunos jardines. Más que una casa se trataba de un conjunto de edificios separados unos de otros. Había gente por todas partes que saludaban a Sidi Mohamed casi con reverencia. Me condujo a una estancia enmoquetada y con ningún mueble, salvo los cojines en el suelo para recostarse. Una pequeña mesa en el centro de la estancia tenía varios jarrones con zumos diversos y una cesta repleta de frutos secos y dátiles.

Sidi Mohamed me cumplimentó y mientras preparaba él mismo el té, se entretuvo contándome sus viajes por España, Francia, Italia y otros países europeos, en busca de tejidos, telas, etc. Conocía Europa mucho mejor que yo.

En ese encuentro aprendí varias cosas que me hicieron mucho bien; pero sobre todo lo más importante fue una amistad naciente que fuimos cultivando con el paso de los años, a pesar de la diferencia de edad, pues él ya era abuelo, de barba blanca y arrugas pronunciadas en su rostro. No sabría decir su edad y tampoco me atreví a preguntarle nunca.

Lo primero que tienes que saber -me dijo, es que el islam va más allá de dogmas y rituales, se trata de una cosmovisión que impregna cada acto del musulmán. Esto le diferencia de otras religiones, incluso del cercano cristianismo, pues la vida ordinaria del creyente es confirmar en su interior la certeza de la unicidad de Dios, Allah para nosotros, de una forma absoluta y radical. Esto tiene implicaciones para nuestra vida; pero de ello sabrás más cuando te impregnes de la profundidad del desierto.

¿Y por qué piensa que iré al desierto? He venido aquí como invitado a pasar unos días y conocer Marruecos. Volveré a España dentro de una semana para continuar con mi vida -le dije totalmente convencido.

Él reflexionó un momento, se levantó, llamó a alguien que acudió en un instante. Le dijo algo en el idioma local del que yo apenas balbuceaba unas cuantas palabras.

Mira -se volvió hacia mí mientras salía el hombre que había entrada instantes antes en el salón- nada es casual. Cuando te dije en el zoco que te esperaba fue porque así era. Sabía que pronto coincidiría con un occidental. Por otro lado,  estás en casa de los hijos de Yassín, una familia amiga de la mía desde hace generaciones, y él me advirtió sobre tu llegada a la ciudad, tus estudios, tu trabajo, en fin… esas cosas que suelen describir a la persona.

¿Entonces no se trataba de adivinación o brujería? -Le pregunté casi con alivio.

Se produjo un silencio que dio pie a una sonora carcajada. -No, para nada. Esta ciudad no es muy grande y las noticias vuelan, más si viene un extranjero a casi de Yassín. Mira, -me dijo enfatizando las palabras- adivinadores y brujos y brujas hay, claro que sí, la mayoría gente alejada del islam pues el profeta Mohamed, la paz sea con él, nos señaló muchas veces el pecado ya señalado en el Sagrado Corán para esas personas que se dedican a prácticas consideradas prohibidas o poco recomendables, así como para los que consultan a tales personas. No. En esta casa no entran esas prácticas ocultistas y satánicas. Nosotros somos más prosaicos y dejamos la superstición fuera de nuestras vidas.

Me habían dicho que en el Magreb son comunes esas cosas -le dije con un punto de atrevimiento.

Sí, ¿en dónde no? -respondió; pero no por ello dejan de ser algo malo. Lo mejor es estar alejados de quien lo practica.

Lo segundo que tienes que hacer -continuó hablando, cambiando totalmente de tema- es, como te he dicho antes, viajar por el desierto. Esto es importante.

¿Por qué? -Le interrumpí

 Allí lo sabrás. Tu vete cuanto antes. Encontrarás beduinos auténticos.

En fin, la conversación continuó al menos una hora más hasta el momento de rezar el salat, la oración ritual, tras cuya llamada Sidi Mohamed se fue. Como yo no sabía que hacer salí de la habitación y pregunté a una mujer que por donde se salía. Esperé unos quince minutos por si regresaba mi anfitrión y al no hacerlo decidí volver al piso que había alquilado

Al día siguiente tenía muy fresca la conversación del día anterior. Después del desayuno quise pasar la mañana en mi habitación repasando notas que había traído y escribiendo aquellas cosas de las que me acordaba.  Sidi Mohamed me dio algunas indicaciones muy interesantes y había despertado en mí la curiosidad por ese Sahara no ajeno a los españoles dado que un territorio nada despreciable fue provincia española.