Una aproximación crítica al diálogo cristiano musulmán

En esta ocasión hablamos sobre el diálogo interreligioso y más en concreto el diálogo cristiano musulmán, una iniciativa que partió del ámbito católico. Así, el 4 de febrero de 2019, el Papa Francisco y el Gran Imán de la universidad de Al Azhar, Ahmed al Tayyeb, firmaron en Abu Dabi el documento sobre la Fraternidad Humana y la Paz Universal. Sobre este documento y el recorrido que ha tenido en estos años tratamos, siempre teniendo en cuenta que la base del respeto y el diálogo se basan en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, donde en su artículo 18 se dice que «Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia.

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¿Qué es la oración?

Con la oración tratamos de relacionarnos con Dios. Gran parte de nuestras vidas las dedicamos a prestar atención a las mil y una actividades cotidianas, algunas de las cuales son necesarias, otras no. Estamos ocupados ganándonos la vida, , planificando, atendiendo las necesidades domésticas, leyendo, viendo la televisión, Internet, escuchando música… Es posible que nuestra oración se pierda detrás de la rutina. Nuestros corazones pueden llenarse de múltiples relaciones, de abundantes posesiones, de calendarios que controlan nuestro tiempo. De repente (o no tan repentinamente) Dios puede ser empujado cada vez más lejos de nuestra conciencia. La oración se desvanece. Una de mis imágenes favoritas de oración proviene del poeta George Herbert (1593–1633), quien entendió la oración como “trueno invertido». Dios se comunica con nosotros de diversas maneras: truenos (y relámpagos), Escrituras, sacramentos, naturaleza, relaciones personales, la comunidad en general, eventos mundiales, nuestra Tradición, el magisterio de la Iglesia, nuestras intuiciones, nuestros sueños. Y respondemos a la iniciativa de Dios de múltiples maneras: alabanza por la gloria divina, acción de gracias por pequeños y grandes dones, intercesiones por las necesidades, perdón por nuestros pecados y los pecados del mundo. Llamada profunda, trueno a trueno, la oración es el diálogo misterioso entre el Creador y la criatura. Al orar tratamos de ver, oír, servir; se trata de permanecer en la presencia amorosa y misericordiosa de Dios. Pero ciertas condiciones son esenciales para una forma de vida que se vive con conciencia del misterio de Dios. En muchos sentidos, el Catecismo nos instruye en el arte del “trueno invertido al enfatizar la necesidad de pureza, humildad, amor y fe. Estas cuatro virtudes son disposiciones que nos permiten vivir en la presencia de Dios y nos empoderan para hacer la voluntad de Dios. Antes de observar la relación entre la oración y las virtudes de la pureza, la humildad, el amor y la fe, hacemos bien en reflexionar sobre una promesa que Dios nos hace a través del profeta Ezequiel. Es una promesa de un nuevo corazón, un nuevo espíritu. Nuestra capacidad de orar tiene sus raíces en un don que viene de Dios: “rociaré sobre ti agua limpia, y tú estarás limpio de todas tus inmundicias, y de todos tus ídolos te limpiaré. Te daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de ti; y quitaré de tu cuerpo el corazón de piedra y te daré un corazón de carne” (Ezequiel 36:25–27). No confiamos en nuestra propia capacidad para orar como deberíamos. Más bien, tenemos confianza en que Dios será fiel a la palabra profética y transformará nuestras vidas por medio de un corazón nuevo. Que Dios te bendiga.

Obsesiones políticas


Hay personas que están absolutamente obsesionadas con la cosa política. Rumian todo el tiempo las acciones y declaraciones de los políticos y gobernantes. Leen o ven todo tipo de noticias relacionadas con esos temas, ignorando muchas veces cuestiones más importantes para su cotidiano vivir. Incluso algunos viven en el enfado continuo y permanecen obsesionados. Resulta obvio concluir que ese tipo de comportamientos deviene en problemas psicológicos de distinta índole. No digo que el análisis socio político sea enfermizo. Todos tenemos opiniones y de una u otra forma las manifestamos y ejercemos la crítica; pero la obsesión siempre es enfermiza. La persona sana es, ante todo, alguien que no se deja dominar ni por modas, ni por eslóganes publicitarios, ni por los eventos políticos de cada día, sino que se mantiene en el centro de su ser y desde ahí canaliza y enfoca su vida Con mis mejores deseos de paz y bien, feliz día.

Muerte


Es conveniente reflexionar sobre la muerte. Parece que en el mundo actual da miedo, se evita; sin embargo, haciéndonos plenamente conscientes sobre nuestra desaparición en este mundo, podemos entender mejor la importancia que tiene para nosotros y para los demás cada día de nuestra existencia, el regalo que nos ofrece Dios. No se trata de que “lleve a Dios dentro de mí”. Eso sería demasiado mecánico. Es mejor decir que estamos llenos de la presencia de Dios junto con nuestras debilidades e imperfecciones. Experimentamos esto de manera más aguda dentro del Sacramento de la Reconciliación. Podemos sentir la gracia que opera en nuestro interior trabajando con nosotros y a nuestro alrededor. Esto significa que el Señor siempre está tocando nuestros corazones. Vivir permitiendo que Dios sea activo y dinámico dentro de nosotros. Puede que no sintamos su efecto, pero Dios nos toca de todos modos. Feliz día. “El vino nuevo se echa en odres nuevos” (san Mateo 9, 14-17).

El Evangelio es punto de llegada


Ha amanecido el día algo brumoso, presagio de calor en estas fechas del año. El sol trata de filtrarse por esas gotas de agua suspendidas en el aire que acabarán por desaparecer. Humedad, sensación de calor mayor.

El Evangelio nos sitúa en el cometido de Jesús tan mal entendido por sus contemporáneos, especialmente por el grupo de los fariseos, por cierto, el fariseísmo, una forma de entender la religión que se ha mantenido hasta nuestros días: rigidez, crítica a la novedad, hipocresía, apariencia de ser moralmente superiores a los demás, difamaciones, calumnias, en fin, todo un rosario de actitudes destructivas que se pueden ver -y sufrir- desgraciadamente con frecuencia. Pero Jesús es claro: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa “Misericordia quiero y no sacrificio”: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores» (san Mateo 9,9-13). Jesús va directamente al corazón, no a la lengua. Nos libera de ataduras. Se sienta a la mesa con pecadores y publicanos, rompe la rigidez de su tiempo y nos ofrece la norma a seguir. Esto requiere de madurez, asumiendo nuestras debilidades para ir por el camino del Maestro. Por eso digo siempre que el Evangelio es punto de llegada. Interiorizarlo requiere trabajo y dedicación. Quien piense que por realizar devociones sin fin, cumplir con las «normas eclesiales» y mantenerse rígido en su «zona de confort» religioso vive arreglo a lo que nos dice Jesús, se equivoca totalmente. Dice san Agustín: «No está mal ni es inútil dedicar mucho tiempo a orar, si hay tiempo libre para ello sin obstaculizar otras obras buenas y necesarias a las que nos llama el deber, aunque incluso en la realización de éstas, como he dicho, debemos atesorar el santo deseo de orar sin cesar. Porque pasar mucho tiempo en oración no es, como algunos piensan, lo mismo que orar “con mucho hablar.” Las palabras multiplicadas son una cosa, la calidez del deseo prolongada es otra». En fin, seguimos caminando.
Con mis mejores deseos de paz y bien, que Dios te bendiga.

En el árbol de mis sueños

“En el árbol de mis sueños” es un libro recopilatorio de seis poemarios escritos por José Nava desde 2005 a 2015. Este conjunto poético supone una etapa marcada por el intimismo, la búsqueda y el proceso de una reconstrucción vital que se hace patente en sus versos. Nos encontramos ante un poeta convulsionado por su tiempo, el cual sabe transmitir el dramatismo y el desarraigo provocado por una sociedad decadente, injusta y cruel con aquel individuo que, de la forma que sea, se desmarca de sus parámetros sociales establecidos; sin embargo, el poeta, herido, no adopta una postura vengadora, sino que, levantando una tormenta apocalíptica en su propio mundo interior, arrasa todo rastro de su identidad para renacer, como ave fénix, de entre sus propias cenizas. La trama de los seis poemarios nos presenta los referentes pragmáticos del contexto de modo casi caótico. El tiempo se mezcla en un presente que es pasado y el futuro es con anhelo cuestionado; el espacio, desdibujado, entrelaza un medio externo inhóspito, decrépito y un mundo interior hostil, sumidos ambos en una crisis metamórfica: el carbono, componente originario de la vida, se convierte en el resto omnipresente de su proceso inevitablemente destructivo; los interlocutores espectrales, increpados por la voz del poeta, adoptan una personalidad alternativa deíctica detrás del tú, de un él, del yo y el nosotros que no son siempre los mismos. La primera y segunda personas esconden a veces la voz actualizada del poeta, otras la de su álter ego, o la de un yo pasado, o en ocasiones la de un yo destructor y aniquilado; incluso, en algunos momentos, escuchamos la voz de un narrador omnisciente que adopta la misma perspectiva; pero en un momento dado aparece la sombra, la terrible sospecha de que dentro de cada uno de nosotros anida el mal y que solo enfrentándonos a él de forma directa podemos mantenerlo a raya. En un entorno arquitectónico único, Nava nos sumerge en un recorrido que atraviesa distintas estaciones donde se adivina el impacto de ciertas construcciones en el imaginario del autor. Representa, tal vez, el poemario más mistérico y difícil de interpretar, a pesar de las descripciones que nos recuerdan determinadas iglesias de la ciudad de Salamanca. Y desde tierras castellanas nos vamos al Sahara, lugar donde se opera la verdadera transformación mística. Allí, adivinamos un mundo de sensaciones que favorecen una meditación serena, solitaria y a la vez en compañía. Nava queda arrebatado por los espacios inmensos del desierto, no el que suele referirse a la soledad de todo buscador, sino el real, el geográfico, el que ocupa buena parte del continente africano, donde el poeta se rinde ante la belleza y descubre a la vez la dimensión mística que envuelve su mundo interior. Un mundo casi incomprensible donde la palabra no es necesaria y el amor emerge como el gran catalizador. De ahí que el poeta utilice versos cortos, casi al modo de haikus algunos de ellos, penetrantes, directos, profundos. La noche oscura ha pasado y llega el clarear del nuevo día.
José Nava nació en Salamanca en 1961, pero desde niño vivió y estudió en Valladolid. El temprano contacto con la naturaleza y el activismo naturalista marcaron su arraigado carácter reflexivo, despertando en él una apasionada preocupación por los temas medioambientales. Ha trabajado como consultor, profesor universitario y voluntario en ongs magrebíes. Sus conocimientos de especialista en distintos campos se hacen patentes en su extensa y variada producción de ciento cincuenta artículos y ensayos publicados hasta la fecha. Su profundo conocimiento del hombre y de la Naturaleza le ha facilitado establecer redes interdisciplinares que impregnan toda su obra de un mensaje humanista y globalizador.

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La revolución interior


Serenidad, tranquilidad, vivir el presente… En el desierto se encuentra eso y mucho más; pero también mucho menos pues expulsa a todos los que no son rectos de intención. Allí encuentro la mística islámica conocida en occidente como sufismo, totalmente emparentada con la mística cristiana. Se dice de san Juan de la Cruz que tuvo un maestro sufí. Es posible. ¿Y en qué consiste esta mística? Básicamente en transformar los corazones sucios en corazones puros y a partir de ahí anhelar la unión con Dios. Un camino largo pero fructífero. ¿Y cómo transformar el mundo? Transformándose las personas. La verdadera revolución empieza con la «revolución interior». Buen día.

El viejo del bastón colorado.

En días pasados presenté este libro que ya se puede leer (el enlace de descarga más abajo). Añado aquí la introducción:

Estoy en la playa, ajeno al drama cotidiano del mundo. He llegado a este lugar con la mente en paz y sereno. El mar parece un fino espejo de color turquesa donde veo reflejado el universo entero. Se respira armonía por doquier. Concentro la mirada en un grupo de aves que aún permanecen somnolientas. Son flamencos. La tarde anterior admiré su vuelo formando una pequeña constelación rosácea que iba alejándose por el este, hacia el interior del desierto, pero no llegarían muy lejos. El desierto no es apropiado para esos animales. Ahora están cercanos, ignorando mi presencia, disfrutando tal vez de un reposo nocturno que ya tocaba a su fin.

No sopla el viento, algo raro en esta región, sacudida de forma casi ininterrumpida por vientos que provienen de todas las direcciones, capaces de transportar la arena caliente hasta precipitarla con frecuencia océano adentro. En alguna ocasión me dijeron que este viento podía llevar la arena hasta el mismísimo continente europeo. Lo creo. Todo es posible para el desierto más grande del mundo. Lo sé y lo he comprobado mil veces.

Ya no piso el límite occidental para deleitarme con recuerdos de la juventud sino para despedirme de algunos familiares cuyas jaimas siempre instalan por aquí, al lado del mar y alejados de las ciudades y pequeñas poblaciones. Siguen viviendo en el desierto, aunque se han convertido en beduinos pescadores, algo no muy habitual en mi tribu; sin embargo, las costumbres cambian arreglo a los usos sociales del momento. Poco queda de mi cultura y me produce desazón, aunque nunca me he permitido enfados y disgustos. El mundo es como es. Todo acaba por cambiar. “El mundo es el disfrute del engaño”, recuerdo con frecuencia esas palabras del Sagrado Corán. Creo que conozco bien este aspecto de la Creación.

Oigo voces de turistas. Solo ellos pueden gritar tanto y me desperezan, también a los flamencos que, asustados, arman gran revuelo. Al parecer han madrugado. ¡Turistas aquí! Turistas por todas partes. Es inevitable.

He pasado la noche en vela, solo, rezando y meditando, y sufro el cansancio. No en vano la edad deja huella en el cuerpo. ¿90 años?, ¿95? No estoy seguro. Nunca supe la fecha de nacimiento. No es importante. He vivido la colonización española y la entrada de Mauritania después, y más tarde la de Marruecos. He visto mucha sangre derramada por nada, batallas libradas por un pedazo de tierra. Morir por la tierra, ¡qué absurdo! La tierra tiene un solo propietario y no es de este mundo. ¿Por qué disputarse algo que es un regalo para todos?

El día anterior uno de mis nietos me acercó en su coche hasta aquí. Habría preferido venir en mi vieja camella, pero ella y yo no estamos para muchos trotes. El nieto quiso acompañarme e insistió en quedarse. No se lo permití. Quería la soledad. Poco tiempo me queda de vida y deseo aprovecharlo.

Nunca he recibido enseñanza formal. Aprendí a leer y escribir en la madraza de mi abuelo, después dirigida por mí. Allí saboreé los secretos del islam y memoricé en solo unos meses el texto coránico, con varios estilos de recitación, así como los hadices sobre el Profeta, la paz sea con él. Con el tiempo adquirí alguna notoriedad e incluso vinieron a la madraza nuevos estudiantes y seguidores, pero nada de esto es importante ¿verdad? Lo verdaderamente importante es alabar a Dios sin parar. A ese propósito he dedicado la vida entera, y también a cuidar de la familia y del ganado. ¿Qué mejor actividad para un hombre?

Contemplo el cielo. El sol despunta y riega con sus rayos la extensa playa. Días atrás escribí un texto sencillo donde plasmé algunas reflexiones que me parecieron oportunas hacer. Uno de mis hijos las leyó y quiso una copia. Tal vez podría ser útil. No sé. En cualquier caso, aquí estoy dispuesto a revisar el texto y olvidarme del mundo. ¡Ja!, mis reflexiones y yo. Y al final, la nada. Solo silencio.

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