Obsesión política

Hay personas que están absolutamente obsesionadas con la cosa política. Rumian todo el tiempo las acciones y declaraciones de los políticos y gobernantes. Leen o ven todo tipo de noticias relacionadas con esos temas, ignorando muchas veces cuestiones más importantes para su cotidiano vivir. Incluso algunos viven en el enfado continuo y permanecen obsesionados. Resulta obvio concluir que ese tipo de comportamientos deviene en problemas psicológicos de distinta índole.
No digo que el análisis socio político sea enfermizo. Todos tenemos opiniones y de una u otra forma las manifestamos y ejercemos la crítica; pero la obsesión siempre es enfermiza. La persona sana es, ante todo, alguien que no se deja dominar ni por modas, ni por eslóganes publicitarios, ni por los eventos políticos de cada día, sino que se mantiene en el centro de su ser y desde ahí canaliza y enfoca su vida
Con mis mejores deseos de paz y bien, feliz día.

El espacio místico del norte de África

Hablar del Magreb es complicado. ¿A qué nos referimos con este término? ¿Un espacio geográfico? ¿Un país? ¿Un conjunto de países? ¿Una definición geopolítica?

El Magreb es todo eso y mucho más; pero si buscamos información en Internet y nos asomamos a fotografías satelitales veremos un inmenso espacio ocre. A vista de pájaro el Magreb es desierto, o así lo parece. Y ciertamente el desierto abarca una buena parte del territorio. Al acercar el campo de visión percibimos una realidad que va perfilándose en un mosaico cromático en el que adivinamos montañas, ríos, valles, ciudades, pueblos, …

El primer contacto del ciudadano occidental con el Magreb suele producirse viajando como turista a alguno de los países que reciben el sobrenombre de ´magrebíes`. Así, resulta habitual visitar Marruecos o Túnez y menos corriente acercarse a Argelia, Libia o Mauritania. Con ello acabo de citar los cinco países que según la división administrativa actual configuran ese norte de África; pero claro lo administrativo y político no implica un ajuste perfecto con la realidad humana y social, es más, a veces se vertebra un marco geopolítico sin tener en cuenta la diversidad antropológica e histórica.  En cualquier caso, el viajero que decide visitar alguno de esos países tendrá siempre una visión muy parcial.

Estamos hablando de un espacio gigantesco. Solo el desierto del Sahara es casi veinte veces más grande que España. El Magreb completo ocupa cerca de 20 millones de kilómetros cuadrados.

A los países citados yo añado buena parte de Malí, por la razón de que al menos todo el norte maliense es desértico y en él han prosperado tribus –los famosos Tuaregs- nómadas, presentando semejanzas geográficas, étnico lingüísticas y culturales con los países aludidos.

Como se puede comprobar, no es tan sencillo delimitar semejante espacio y menos sencillo aún describir lo que hay, su historia, su diversidad étnica, cultural, tribal, etcétera. La razón de estas dificultades tenemos que buscarla en el periodo de la colonización africana por parte de algunos países europeos. Las potencias occidentales fueron ocupando regiones y territorios ignorando en buena medida la riqueza histórica y humana de las poblaciones sometidas al poder del llamado “primer mundo”. La posterior ´descolonización` no resultó un proceso homogéneo y respetuoso con los pueblos sometidos. En todo ese tiempo se cometieron todo tipo de barbaridades, entre ellas el saqueo sistemático de bibliotecas enteras con manuscritos de un valor incalculable, la destrucción de modos de vida ancestrales en virtud de los criterios impuestos desde las cancillerías europeas, por ejemplo, trazando fronteras artificiales con escuadra y cartabón sobre un mapa para delimitar los países, lo cual alteró, entre otras muchas actividades, el nomadismo, piedra angular de las culturas beduinas, o las prácticas de piedad populares, como las peregrinaciones a las tumbas de los santos sufíes, o la destrucción sistemática de madrazas y otros espacios de enseñanza. En fin, el rosario de desastres es casi ilimitado.

            Fruto de aquellas arbitrariedades basadas en la prepotencia y dominio político y militar de los países europeos, el Magreb fue hundiéndose en la inestabilidad, la corrupción estructural de la sociedad, la pérdida de las diferentes identidades culturales, la homogeneización artificial de costumbres, las ambiciones políticas de una nueva generación de líderes locales formados casi todos en centros universitarios occidentales, el crecimiento de la población bajo criterios de alcanzar una prosperidad “a la europea”, el surgimiento de nuevos conflictos territoriales, como el famoso del Sahara Occidental y los saharauis, devenido así desde la salida de España de su “provincia sahariana” en 1976, etcétera.

            Es todavía ahora, en pleno siglo XXI, cuando el Magreb sigue sumido en un conjunto de problemas que se han enquistado y que han impedido en gran medida un desarrollo social acorde con los nuevos tiempos. A pesar de ello, la población magrebí experimentó extraordinarios avances en numerosos ámbitos de la vida, variando de unos países a otros.

            Todo ello, en mi opinión, palidece ante un hecho que con frecuencia pasa desapercibido para los analistas occidentales y también para buena parte de los magrebíes. Me refiero a la “dimensión mística del Magreb”, expresión con la que defino el componente más importante de las culturas que se desarrollaron en el África del Norte.

            El misticismo, entendido al modo occidental, es un don de Dios que se recibe en gran medida por la vía ascética, es decir, renunciando a los “placeres del mundo”. Se trata de un ámbito minoritario producido en el cristianismo monástico y el eremitismo, especialmente a partir del siglo IV de nuestra era con el surgimiento de los llamados “Padres y Madres del Desierto”.

            En el Lejano Oriente, el misticismo se cultiva en una suerte de ascetismo y estudio de la mente mediante ejercicios de meditación intensa, yoga, contemplación, hasta que surge la iluminación. Son los caminos propios del hinduismo y el budismo.

            En África del Norte, como en buena parte del Medio Oriente, la mística se desarrolla apegada a la tierra, al nomadismo, al espacio geográfico, en un ascetismo compartido por la familia, el clan, la tribu. Donde iban las familias llevaban consigo la dimensión mística fraguada en los grandes espacios abiertos del desierto, los valles o las montañas. No se entendía una tribu sin sus místicos, hombres considerados santos, virtuosos, capaces de obrar prodigios, ´milagros`, un misticismo surgido en el islam temprano, tomando como ejemplo y guía las prácticas meditativas del profeta Mohammed.

            Un misticismo practicado “hacia dentro”, y un misticismo “practicado hacia fuera”. Esta fue la gran diferencia del Magreb que se ha mantenido, no sin desviaciones y contaminaciones externas, hasta nuestros días.

            Esta peculiaridad de las tribus magrebíes permitió que después de una historia de encuentros y desencuentros, colonización y descolonización, el Magreb siga atrapando y cautivando al viajero en la actualidad, pues toda la grandeza de sus gentes y de sus pueblos se debe precisamente al componente místico y religioso que los vertebró y que de alguna forma impregnan el cotidiano vivir.

            En definitiva, el devenir histórico del Magreb presenta un amplio abanico de ´historias` paralelas, periodos oscuros, olvidos, reconstrucciones interesadas, conclusiones occidentalizadas, desconocimiento de hechos que marcaron profundamente la idiosincrasia ancestral de sus gentes… la tarea de reconstrucción de los hechos es ingente y, me temo, casi imposible de realizar.

            No pretendo discutir tales cuestiones, puesto que implicaría la escritura y publicación de varios libros. Por otra parte, mi interés es el ámbito socio religioso, no tanto en su vertiente teológica sino en los aspectos cotidianos de una práctica que, como decía más arriba, han sido la argamasa para edificar el imponente espacio social magrebí, así como una definición muy concreta de entender y gestionar el ámbito de la salud y la enfermedad.

            El hispanófono que pretenda desenmarañar la historia religiosa del Magreb, como es mi caso, se llevará una severa frustración inicial: la poca bibliografía[1] existente en idioma español. Tendrá que rebuscar en libros de historia general, de antropología y sociología, la mayoría de ellos demasiado especializados en sus áreas de estudio. Acudirá a revistas especializadas en arabismo, en africanismo, en ciencias políticas. Tal vez visite algunos archivos y bibliotecas y acabará por sumergirse en el ámbito del sufismo magrebí, corriente mística del islam; pero no el único tipo de misticismo existente en estas tierras. Si desea ir más allá, necesitará leer textos académicos escritos por autores franceses, verdaderos especialistas en dichas materias y quizá en Europa los que mayor empeño han tenido en estudiar a fondo la historia y la religión de los pueblos magrebíes. Lo tenían más fácil al ser Francia potencia colonial poderosa en todo el norte y oeste de África. Ellos acapararon las fuentes informativas, localizaron los grandes centros intelectuales y sustrajeron manuscritos y un material precioso que ha sido compartido con cuentagotas, ejerciendo una influencia importante hasta nuestros días. Aun así, se abre una amplia falla entre la labor académica occidental y la evolución real de los hechos. Para profundizar más en tales cuestiones, habrá que acudir a investigadores locales, ninguneados casi siempre en las instituciones universitarias europeas hasta hace pocos años, hoy empiezan a ser reconocidos y algunos de ellos son profesores[2] de universidades acreditadas, forman parte de grupos de investigación y publican artículos científicos en las revistas más acreditadas de cada especialidad.

            Sin embargo, y para desesperación del interesado, a pesar de leer toda la producción bibliográfica[3] existente sobre la materia, quedará preso de cierta impotencia: ¿Cómo es posible que después de leer montañas de documentos, libros, incluso de haber viajado a tal o cual país del Magreb, siga escapándoseme la esencia de la espiritualidad magrebí? –Esto mismo me preguntaba yo hace más de veinte años. Leía, hablaba con eruditos de Mauritania o Marruecos, frecuentaba amistades con ulemas, imames, o con gente corriente y normal imbuida de cierto conocimiento natural y, sin embargo, no lograba penetrar en lo más profundo de la identidad magrebí.

            La dificultad de esta falta de entendimiento profundo radica en la transmisión cultural donde predomina la expresión oral por encima de la escrita, así como las reservas para hablar de ciertos temas con desconocidos, además de los pactos de silencio. En efecto, muchos de los hechos que han acontecido en el Magreb se han transmitido oralmente de generación en generación, principalmente en las tribus nómadas. Aunque disponían de la escritura en árabe o en otros idiomas locales, empleada casi siempre para hacer bellas copias caligrafiadas del Sagrado Corán, o de los Hadices, o de la Jurisprudencia, la poesía o las narraciones de los hechos eran orales, dando pie a hermosos estilos de narración oral, acompañados por instrumentos musicales sencillos o por las palmadas de los asistentes. Así, no es de extrañar que una buena parte de la producción intelectual no haya quedado reflejada en libros y documentos.

            Poco a poco fui introduciéndome en la sociedad magrebí, siempre de una forma limitada, pues son tantas las tribus, los idiomas y dialectos, los pueblos que necesariamente uno tiene que elegir el lugar geográfico y el ámbito social en el que pretende indagar. Este es un problema típico para los «investigadores de campo», condicionados por su propia cultura y por sus estudios previos. En mi caso, el ´salto` no fue científico sino religioso en primer lugar y científico después, ya que el ser admitido por una cofradía sufí como un hermano más conllevó en mí el deseo de conocer mejor aquello en lo que me había metido, y ya se sabe, una cosa conduce a la otra y de forma particular se acaba en el lugar que te reserva el destino, como suele decirse. Ese lugar fue Dakhla, ciudad situada al sur, fundada por los españoles con el nombre de “Villa Cisneros”. Allí recalé y desde allí inicié la segunda parte de mi exploración espiritual y el abordaje desde una perspectiva científica que conllevaba, por supuesto, abrirme a la realidad sahariana en todos sus ámbitos para, empapándome de esa cultura maravillosa, atisbar y conocer también otras culturas magrebíes como la bereber y sus manifestaciones religiosas. Constituyó el inicio de un camino que transité durante muchos años.

            Siempre he trabajado en aspectos donde confluían distintas orientaciones, especialidades y puntos de vista. En antropología, epidemiología y salud pública el abordaje de un problema es multidisciplinar, requiere el concurso de visiones diferentes que acaban por complementarse con teorías y propuestas. Esta forma de trabajar me había preparado para poder integrar distintos saberes: antropología, sociología, epidemiología, biología, historia… De todo ello tuve que tirar con la intención de construir un discurso coherente partiendo de la realidad que estaba viviendo. No se trataba de una “observación participante”, técnica empleada por los antropólogos, ni de ´triangular` los resultados de diversas observaciones y fenómenos, sino que partiendo del día a día involucrado en actividades de colaboración asistenciales, educativas y de promoción sociolaboral con organizaciones locales desde bases biopolíticas y solidarias, fui saboreando y valorando los muy numerosos matices de las sociedades magrebíes, ya digo, no de forma completa; pero sí lo suficientemente amplia como para hacerme una idea cabal de aquello que me interesaba, que no era otra cosa que la dimensión espiritual tamizada por mi propia experiencia religiosa, filosófica y científica, y por cierta visión poética de las situaciones que se me han presentado a lo largo de la vida.


[1] Constituye una base importante de información el libro escrito por Julio Caro Baroja titulado “Estudios Saharianos”, después de su estadía en el Sahara Occidental desde noviembre de 1952 hasta febrero de 1953, si bien solo se refiere al territorio que en aquellos años constituía la provincia española.

[2] Por ejemplo, Rahal Boubrik, profesor de la Universidad Mohamed V de Rabat (Marruecos) y colaborador de varias instituciones académicas de Europa, está desempeñando una fabulosa labor científica. Autor de numerosas obras en las que trata los aspectos religiosos en el Magreb.

[3] Los interesados/as pueden acudir a revistas como “Hesperis”, “Ibla” o “Revue Africaine”, entre otras.

Soy humano

Comparto una historia real descrita por la persona que la vivió. Tiene relación con la medicación psiquiátrica y con el exceso de diagnósticos en el ámbito de las enfermedades y trastornos mentales…

Yo pensé que si consultaba con otro psiquiatra para modificar mi medicación, eventualmente me sentiría casi humano. Quizás si tomara una receta diferente o una combinación de recetas, mi cerebro se ajustaría mágicamente y me libraría de mi supuesto desequilibrio químico.

Me habían diagnosticado numerosos trastornos «porque tuve una infancia traumática». Psiquiatras, psicólogos y médicos generales insinuaron que yo estaba permanentemente dañado y necesitaría medicamentos por el resto de mi vida. Me aconsejaron que si seguía los protocolos de terapia y farmacología recomendados, inevitablemente me llevarían, como una obediente oveja, a una mejor salud emocional, psicológica y física.

Durante veintidós años me recetaron grandes cantidades de medicamentos psicotrópicos: venlafaxina, fluoxetina, quetiapina, lamotrigina, mirtazapina, duloxetina, olanzapina, gabapentina, amitriptilina, diazepam, sertralina, pregabalina y otros que no recuerdo. Cuando tenía diecisiete años, le dije a un médico de cabecera de un pueblo remoto que estaba deprimido y lloraba mucho. Me diagnosticó «Trastorno Depresivo Mayor» después de una consulta de veinte minutos y me recetó mi primer antidepresivo, Venlafaxina. Nunca me preguntó por qué lloré. No había palabras disponibles para verbalizar que mi padre estaba abusando de mi madre o confesarle que mis hermanos me violaron durante nueve años, y él no preguntó.

A lo largo de las décadas de consumir medicamentos psiquiátricos, mi mente y mi cuerpo se deterioraron lentamente. Cuando describí mis síntomas al experto, me dijeron que mis diagnósticos estaban empeorando y que la única solución era aumentar mis recetas. Estaba muy mal. Me vi obligado a automedicarme experimentando con varias combinaciones y cantidades de drogas y alcohol para aliviar lo que pensé que era el deterioro de mi «salud mental».

Todos los días intenté encontrar la combinación adecuada de sustancias químicas que me ayudaran a imitar mi papel como adulto humano funcional. Poco a poco, mi vida se fue desmoronando. Mi mujer me desalojó de nuestra casa e, indigente, me vi obligado a renunciar a mi trabajo como profesor de arte. Perdí todo lo que me importaba: mi familia, mis amigos, mi carrera, mis ingresos y yo mismo.

Cuatro años después, después de una serie de relaciones abusivas, logré estar limpio y sobrio con mis dos hijos. Llevaba diecinueve años tomando medicamentos psicotrópicos, pero nada pareció ayudarme. Todavía creía que si seguía ciegamente las recomendaciones de mi psiquiatra, el deseo de volver a consumir drogas disminuiría lentamente y me recuperaría a medida que se reajustaran las sustancias químicas de mi cerebro.

Todo lo que necesitaba era más tiempo, pero el tiempo se había detenido y no me sentía mejor después de dos años de tomar exclusivamente mis recetas de fluoxetina y quetiapina. No podía entender cómo antes podía conseguir un empleo a tiempo completo impartiendo clases de arte a adolescentes beligerantes que no les importaban mis drogas y alcoholismo nocturnos, y ahora me había convertido en un niño de treinta y nueve años, padre desempleado, tomando obedientemente altas dosis de ‘antidepresivos’ y ‘antipsicóticos’. Quería quitarme la carne que se arrastraba de los huesos. Mi cerebro estaba en mi cráneo como un pez dorado muerto. Estaba disgustado. Me vi conducir hasta la tienda de bebidas, conducir a casa y beber media botella de vodka. Fueron inútiles dos años de sobriedad para nada. La inquietud, el sentimiento constante de pavor, no se ahogaría. Como un borracho estereotipado, patético y emotivo, llamé a mi expareja. Sorbiendo, le dije, “Quiero morir.”

Me dijo que debería suicidarme. Mi entumecimiento, mi cuerpo casi sin vida y lleno de psicotrópicos, finalmente estaba lleno de alcohol y desesperación total. De hecho, sentí algo por primera vez en años. Sabía lo que tenía que hacer. Tenía razón. Tuve que suicidarme. Sin embargo, no pude, no esta noche. Mis hijos estaban en casa jugando con sus computadoras en sus habitaciones. No podía cargarlos con mi cuerpo sin vida. Además, no tenía nada con qué suicidarme, y si iba a morir quería utilizar una técnica definitiva.

Mis lágrimas fueron implacables. Tuve que silenciar mi cerebro. Tuve que hacer algo. Quería rajarme el cráneo. Estaba llorando. No podía avergonzar a mis hijos. Tuve que callarme. Quería que todo se ralentizara y cesara, pero no tenía a nadie que me ayudara. Nada. Años de medicamentos recetados y consumo de drogas y alcohol le harán eso a una persona, especialmente cuando se vuelve limpia y sobria, entonces realmente no tiene a nadie.

Fumé un poco de cannabis y luego decidí que llamaría a una línea telefónica de ayuda a personas en situación de crisis existencial, una línea de crisis suicida. Pensé que lo entenderían. Seguramente podrían ayudarme.

Lamentablemente no entendieron y no me ayudaron. “¿Cómo te vas a suicidar?” siguieron atormentándome. “¿Por qué no consideras a tus hijos?” De alguna manera, fui culpable. De qué, no lo sabía. Culpable de estar enojado, vulnerable, asustado y abandonado. No escucharon lo que estaba diciendo y me sugirieron que pidiera ayuda a mi familia. ¡Mi familia! El mejor consejo que pudieron ofrecer fue que me comunicara con las mismas personas que me violaron, me golpearon y me torturaron desde que tenía tres años. Frustrado, terminé nuestra inútil conversación, más solo que nunca.

A las 6 de la tarde, un policía llegó a mi residencia. El servicio telefónico de ayuda le había informado que yo había amenazado “con matar a mis dos hijos y luego a mí mismo, y ahora me estaba arrestando en virtud de la Ley de Salud Mental. Estaba completamente incrédulo. No había hecho ninguna de esas amenazas y le informé con vehemencia de este hecho. Le expliqué que no era ni homicida ni activamente suicida y que no había hecho nada malo.

Pero no importó. Nada de lo que le dije importó. El policía ya había decidido mi destino después de haber rastreado mi ubicación en la llamada de crisis ‘confidencial’. Dijo que tuve que llevarme inmediatamente a mi hospital local porque era un peligro para mí y para los demás. Me consideraron ‘mentalmente inestable porque un voluntario no calificado de la línea de crisis reveló información falsa a la policía. Ahora, sin una llamada ni ninguna evidencia, según la ley en vigor, este policía podría sacarme por la fuerza de mis hijos y de mi hogar bajo sospecha y rumores de una enfermedad mental. Era una ley de caza de brujas en pleno año 2023.

En mi hospital local, las enfermeras me trataron como a un criminal. Me interrogaron sin cesar y me preguntaron por qué quería matar a mis hijos y a mí mismo. ¡Querían saber por qué yo estaba allí, en su lugar de trabajo! Entonces lloré y les dije la verdad sobre mi vida. Describí todo: el incesto, la violencia, el abuso de drogas, las recetas, todo mi trauma fue revelado.

Quizás no me creyeron. Se quejaron de que estaba siendo dramático; «histérico», escribieron en mi historial clínico. Necesitaba más medicamentos. Yo era ‘psicótico’, dijeron, y necesitaba que me sedaran.

Mis hijos están solos en casa, les supliqué desesperadamente. ¡No necesito más medicación! El médico decidió que necesitaba encarcelamiento. Golpeándome contra la cama del hospital, dos policías sujetaron manualmente mis muñecas al marco implacable con esposas de metal. Mientras sujetaban mis muslos sobre el colchón, replicaron a mis dos hermanos, deteniéndome físicamente. Como un animal atrapado, luché contra mis agresores, pero fue inútil. El médico me penetró en el muslo derecho con el antipsicótico Droperidol. Estuve atado a la cama durante cuarenta minutos; Tenía los brazos entumecidos y estaba sollozando, indefenso y solo otra vez.

Estaba muy sedado. Flotantes y confundidos, me trasladaron a otra cama y me sujetaron químicamente aún más con otro ‘antipsicótico’, la olanzapina. Perdí el conocimiento. La noche se llenó de antorchas que brillaban directamente en mis ojos, perforando mi cerebro marchito, mientras enfermeras enojadas me atormentaban en mi delirio drogado.

Al día siguiente me aterroricé. Mis hijos habían estado solos durante catorce horas durante la noche y no sabía cuándo, si es que alguna vez, me iban a liberar. Mis captores acechaban. Continuaron burlándose de mí e interrogándome. Los médicos y enfermeras estaban escribiendo mi narrativa; controlaban mi presente y mi futuro. Estaba siendo juzgado y sabía que tenía que comportarse. Tuve que jugar sus complicados juegos kafkianos. Entonces, frenético, culpé al alcohol, y todos asintieron, marionetas estúpidas, ignorantes en su acuerdo.

Ninguno de ellos consideró que los psicotrópicos que me recetaron estuvieran contribuyendo a mi deterioro emocional, psicológico y físico y a mi acatisia. El médico me aconsejó seguir tomando cada uno de mis medicamentos. Estuve de acuerdo, le aseguré que estaba bien y le rogué que me dejara ir a casa con mis hijos. Pero mi opinión sobre mí no valía nada. Ahora tuve que consultar con un nuevo psiquiatra a doscientos kilómetros de distancia para determinar si, en su opinión subjetiva, por videoconferencia, yo estaba ‘sano’.

Una vez más, culpé al alcohol. Era la opción más segura. Le dije al psiquiatra que lo sentía y que cumpliría con mi medicación y terapia. Prometí que nunca volvería a beber. Me recetó otro medicamento, lamotrigina, para comenzar de inmediato. «Estabilizará tu estado de ánimo», me informó. Luego, el psiquiatra firmó mi formulario de autorización de la orden de tratamiento para pacientes hospitalizados y me dio mi nueva receta. Me liberaron de mi prisión abusiva porque volví a ser subordinado.

Todo empeoró después de mi traumático arresto. Ya tenía miedo de muchas cosas, pero ahora tenía miedo de todos los médicos, enfermeras y policías. La nueva receta que se suponía estabilizaría mi estado de ánimo había destrozado mi cerebro y mi cuerpo. Estaba cansado, con náuseas, enojado y con dolor crónico. Pasé la mayoría de los días en la cama y rara vez salía de casa. Finalmente me diagnosticaron fibromialgia. No podía entender por qué mis medicamentos no funcionaban, por qué no me arreglaban. ¿Quizás necesitaba aumentar mi dosis nuevamente?

Tomé otra tableta. El prospecto de lamotrigine cayó al suelo. Lo cogí y leí su pequeña escritura por primera vez. Enumeró temblores, agresión, somnolencia, dolor y problemas renales como efectos secundarios. Preocupado, encontré mi teléfono y escribí «fluoxetina y sus efectos» en la barra de búsqueda. Los resultados en Google dicen: ideación suicida, debilidad, temblores incontrolables. Luego investigué los efectos secundarios de la quetiapina.

No pude entender. ¿Quién había aprobado estos medicamentos? Y luego cuanto más leía, más me daba cuenta. En mi desesperación y soledad, había sido la víctima psiquiátrica perfecta. Todo lo que me habían dicho era parte de una forma elaborada y lucrativa de control humano masivo por parte de psiquiatras, compañías farmacéuticas y gobiernos. Los diagnósticos, los medicamentos, los desequilibrios químicos «y todas mis supuestas deficiencias» fueron parte de una mentira insidiosa. Me habían estado castigando por atreverme a revelar que era víctima de incesto y por ser lo suficientemente audaz como para quejarme. Los psiquiatras crearon trastornos ficticios para negar mi realidad de trauma, pobreza, desempleo, aislamiento social y dolor. Me dijeron que yo era el problema mientras exoneraba a mis perpetradores. Me aseguraron que sabían lo que me pasaba y que tenían el elixir. Pero su elixir era un veneno. Me estaban lobotomizando químicamente. Me estaban asesinando lentamente.

Sentí que mi cerebro estaba siendo electrocutado. Mi cuerpo estaba en un limbo agonizante. Cada día de desintoxicación era toda una vida. En comparación, dejar de consumir heroína fue más fácil. En seis meses, logré dejar de tomar fluoxetina, quetiapina y lamotrigina mediante una reducción gradual de la dosis. continuamente me advertían que no dejara de consumir estas drogas. Mi psiquiatra, psicólogo y médico general insistieron en que mis enfermedades mentales ‘regresaban cada vez que describía mis síntomas de abstinencia. No sabían nada sobre la interrupción de los medicamentos psicotrópicos o su reducción gradual.

«¿Crees que la quetiapina ha provocado que mi cerebro se atrofie?» Le pregunté a mi psiquiatra durante nuestra consulta final. “Sólo un poquito» -respondió con indiferencia.

Los catorce diagnósticos que me dieron cruelmente: «Trastorno de estrés postraumático complejo», «Trastorno límite de la personalidad», «Trastorno de ansiedad generalizada», «Trastorno de ansiedad social», «Trastorno depresivo persistente», «Trastorno de síntomas somáticos», «Trastorno por déficit de atención», «Trastorno del espectro autista», «Trastorno bipolar», «Trastorno de Aprendizaje y Comunicación», «Amnesia», «Despersonalización/Desrealización», «Desorden de abuso de sustancias», y ‘Anorexia Nervosa’, no son míos. No me pertenecen. Ni siquiera existen. Durante todos esos años estuve de luto. En estado de shock y de luto por la pérdida de mi infancia, mi cuerpo y mi cerebro habían estado tratando de protegerme de mayores daños. Nunca fui enfermo mental. Fui humano.

Programa de la OMS

Con independencia de los intereses económicos y políticos que arrastra la Organización Mundial de la Salud (OMS), lo cierto es que esta institución es totalmente necesaria para gestionar la salud pública mundial. ¿Tiene que ser reformada? Pues claro, como todas las instituciones internacionales; pero ese es otro debate.

En lo práctico, durante los próximos cuatro años, la OMS salvará al menos 40 millones de vidas mediante acciones concretas que incluyen:

– aumentar el número de vacunas entregadas a países prioritarios;

– proporcionar acceso a servicios de salud a más de 150 millones de personas en entornos humanitarios en 30 países;

– llevar la electrificación solar a 10.000 centros de salud;

– apoyar a 55 países en la educación y emplear a 3,2 millones de trabajadores de la salud;

– ayudar a 84 países a alcanzar objetivos para eliminar la malaria, la transmisión materno infantil del VIH y otras enfermedades;

– fortalecer el acceso a datos de salud oportunos y confiables; y

– precalificación de 400 productos sanitarios al año.

De epidemias y pandemias

Se especula en los medios de comunicación sobre una próxima pandemia y no tardando mucho, anda, pero eso es lo que quieren las élites mundiales, afirman los alarmistas y conspiranoicos de turno. Pues no. Epidemias y pandemias las ha habido siempre, desde la noche de los tiempos. De todas se aprende y se extraen conclusiones para hacer frente a la siguiente. Hemos eliminado muchas enfermedades y patógenos; pero surgen otros. Nada nuevo.

Asi, La Coalición para Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) han pedido a investigadores y gobiernos que fortalezcan y aceleren la investigación global para prepararse para la próxima pandemia.

Enfatizaron la importancia de ampliar la investigación para abarcar familias enteras de patógenos que pueden infectar a los humanos, independientemente de su riesgo pandémico percibido, así como centrarse en patógenos individuales. El enfoque propone utilizar prototipos de patógenos como guías o pioneros para desarrollar la base de conocimientos para familias enteras de patógenos.

En la Cumbre Mundial de Preparación para Pandemias 2024 celebrada en Río de Janeiro, Brasil, el Plan de I+D para epidemias de la OMS emitió un informe donde se instaba a un enfoque más amplio por parte de investigadores y países. Este enfoque tiene como objetivo crear conocimientos, herramientas y contramedidas ampliamente aplicables que puedan adaptarse rápidamente a las amenazas emergentes. Esta estrategia también tiene como objetivo acelerar la vigilancia y la investigación para comprender cómo los patógenos transmiten e infectan a los humanos y cómo responde el sistema inmunológico a ellos.

En fin, habrá una próxima pandemia y estaremos mejor preparados. La lucha por un mundo sin enfermedades sigue su curso.

Salud global y desigualdades sociales

La pandemia de Covid-19 reveló hasta qué punto los desafíos de salud están arraigados tanto en los contextos globales como en las desigualdades sociales. A partir de 2020, la enfermedad infecciosa se propagó por todo el mundo a una velocidad vertiginosa, incluso en los países de altos ingresos, que en gran medida se salvaron de importantes epidemias anteriores, como el SARS, el MERS o el Ébola.

La pandemia de Covid-19 también ilustró que tanto los riesgos de infección como el acceso a la atención médica (incluidas las vacunas) están distribuidos de manera extremadamente desigual. Esto es así tanto dentro de las sociedades como a nivel mundial. En Alemania, por ejemplo, algunos grupos corrían un riesgo especialmente alto de sufrir enfermedades graves. Entre ellos se encontraban personas mayores y personas con enfermedades preexistentes como obesidad o diabetes mellitus. Estos riesgos para la salud estaban entrelazados con factores socioeconómicos. En particular, los miembros de grupos socialmente desfavorecidos –como las personas que trabajan en las industrias denominadas sistémicamente relevantes, como la enfermería, la construcción o el servicio de alimentos– tenían menos capacidad para protegerse de la infección.

En el contexto global, las desigualdades sociales y estructurales en la atención sanitaria y en la capacidad de protegerse de infecciones graves se hicieron igualmente evidentes. Por un lado, estas desigualdades afectaron los recursos de cualquier sistema de salud determinado. Por ejemplo, las personas infectadas en India o Brasil a menudo no recibían un suministro adecuado de oxígeno. Por otro lado, la escasez de vacunas se hizo evidente en los países de bajos ingresos, muchos de los cuales se encuentran en África.

La antropología médica como campo de investigación.

Las cuestiones relacionadas con el Covid-19 sobre los riesgos para la salud social y demográficamente específicos, así como el acceso social y globalmente desigual a la atención médica, son el foco de la antropología médica. Desde la década de 1960, este subcampo de la antropología social y cultural se ha convertido en la rama más grande de la disciplina, especialmente en América del Norte. Esto es evidente en términos de enseñanza, programas de investigación y campos de trabajo.

Los antropólogos médicos investigan cómo el género, el origen social y las normas culturales dan forma a las percepciones de enfermedad y bienestar. Se centran en cómo las personas afectadas experimentan fenómenos de salud específicos y examinan cómo se abordan los desafíos de salud en interacción con sus respectivas redes personales. Los temas de investigación relevantes incluyen la prevención y el tratamiento de enfermedades físicas y mentales. Por supuesto, la salud reproductiva también importa.

Especialmente en las regiones del mundo con pocos recursos, la gente depende en gran medida del apoyo de organizaciones no gubernamentales, así como de familias extendidas y comunidades locales. Esto es menos cierto en los países industrializados, donde muchas más personas están cubiertas por un seguro médico y la infraestructura de atención médica formal es mucho más sólida. Sin embargo, también existen diferencias significativas en la protección de la salud entre países de altos ingresos, por ejemplo entre los estados de bienestar del norte de Europa y los sistemas de atención de salud, en su mayoría privados, de América del Norte.

Las experiencias individuales y colectivas de los problemas de salud dependen obviamente de las condiciones de los sistemas de salud en los que ocurren. Por tanto, los factores políticos y económicos son muy relevantes para el campo de la antropología médica.

Dentro de los países de altos ingresos, las desigualdades en el acceso a la atención sanitaria persisten en gran medida debido a barreras sociales, culturales y lingüísticas. Por ejemplo, ponen en gran desventaja a los inmigrantes. Las desigualdades globales son particularmente preocupantes en los países de escasos recursos que a menudo dependen de la financiación internacional. En muchos lugares, los intereses de las corporaciones tienden a determinar si las personas tienen acceso a medicamentos (para la malaria o el VIH/SIDA, por ejemplo).

En última instancia, los factores históricos y políticos determinan el tipo de atención médica disponible en un país determinado. La biomedicina –definida como medicina basada en la ciencia biológica– es dominante en las naciones industrializadas occidentales. En África, Asia y América Latina su historia está estrechamente relacionada con el violento pasado colonial. En esas regiones del mundo, la gente suele depender de una amplia variedad de formas de atención médica (incluidos practicantes “tradicionales”, curanderos o sistemas médicos como el Ayurveda o la homeopatía). Estas opciones coexisten con la biomedicina. Por supuesto, también existe un mercado creciente para la medicina espiritual o alternativa en las naciones occidentales, pero la diferencia es que estas opciones son utilizadas especialmente por pacientes acomodados.

Antropología médica y salud global.

El campo de la salud global ha creado nuevos desafíos y oportunidades para la antropología médica. La “salud global” se ha convertido en un campo de trabajo y estudio de rápido crecimiento. Universidades de todo el mundo han lanzado programas sobre el tema. Los antropólogos médicos participan en una variedad de colaboraciones multidisciplinarias. Otros trabajan para alguna de las muchas organizaciones sanitarias internacionales en este campo.

Un aspecto importante de la investigación médico-antropológica sobre la salud global es la capacidad de traducir entre diferentes contextos sociales y culturales. Los antropólogos médicos profundizan en las comunidades locales en trabajos de campo a largo plazo, ganando la confianza necesaria para comprender cómo las personas interactúan con tratamientos o servicios de prevención específicos, o por qué los rechazan en respuesta, por ejemplo, a nuevos desafíos de salud como el Covid-19.

La antropología médica también revela qué recursos movilizan las personas, según sus circunstancias, cuando se enfrentan a enfermedades crónicas o que ponen en peligro su vida. También muestra el papel que desempeñan las nuevas y antiguas redes de solidaridad (familiares, religiosas y otras comunidades).

Al mismo tiempo, la antropología médica deja claro qué grupos sufren más discriminación en una sociedad, como aquellos que tienen una discapacidad o enfermedades estigmatizadas como el VIH/SIDA. Los investigadores también pueden determinar qué servicios médicos, materiales, psicológicos y lingüísticos cubrirían mejor las necesidades específicas de las personas marginadas.

En última instancia, los antropólogos médicos se centran no sólo en los mecanismos de la atención sanitaria en sí y en la cuestión de cómo mejorar el tratamiento, la atención y la prevención en general. También prestan atención al contexto social y sus implicaciones subyacentes. La divulgación y la práctica de programas de prevención y campañas de vacunación que tengan como objetivo llegar a personas de diferentes edades, géneros y orígenes sociales pueden beneficiarse de dicha investigación.

La acción gubernamental y no gubernamental en nuevas epidemias también demuestra los desafíos que enfrentan las organizaciones de salud en un mundo globalizado. En particular, las “respuestas de emergencia” de las organizaciones internacionales a epidemias como el ébola han demostrado que las sociedades afectadas en entornos de escasos recursos a menudo desconfían profundamente de tales intervenciones. Las organizaciones suelen tardar muy poco tiempo en abordar las condiciones y necesidades locales específicas y, por lo tanto, a menudo están implicadas en la larga historia de dominación colonial y poscolonial.

En todas estas situaciones, los antropólogos médicos están en condiciones de mediar entre diferentes contextos, ayudando a generar confianza mutua. Su atención se centra en los recursos y el potencial de acción de personas individuales y comunidades locales, en cualquier parte del mundo.

Referencias

Dilger, H. y Hadolt, B. (eds.), 2010: Medizin im Kontext: Krankheit und Gesundheit in einer vernetzten Welt (“Medicina en contexto: enfermedad y salud en un mundo en red” – en alemán). Fráncfort del Meno, Peter Lang.

Yates-Doerr, E., 2019: ¿De quién global, qué salud? Colaboración inquietante con cuidadosa ambigüedad. Antropólogo estadounidense 121, 297-310.

(Artículo original: https://www.dandc.eu/en Autor: Hansjörg Dilger)