Un deseo

Abrázame.

No me abandones.

Roba mi corazón

                   y habita en él.

No deseo la lejanía.

Que se borren los días pasados

         como la arena del desierto

         borra los caminos.

Ahora sé que estoy despierto

                            en tu luz.

Quedaré así por los siglos de los siglos.

He viajado ajeno a ti

ignorándote en montañas y valles.

¡Ven, por favor!

Sana mi corazón.

Elimina la impureza

         de mi vida

igual que el ácido derrite el metal.

Quémalo todo

         con el fuego de tu amor.

Tiempos difíciles

Vivimos tiempos muy difíciles. A nadie se le escapa esta realidad. La actualidad internacional y nacional pueden provocar hastío, cansancio, incluso desinterés; pero los cristianos no debemos mantenernos ajenos al devenir del mundo. Por otra parte, surgen con frecuencia la apatía, la desgana, el sentimiento de inutilidad, el «tirar la toalla», la ansiedad y la depresión. El género humano es más débil que nunca; sin embargo, tenemos que mirar al mundo con la certeza de la salvación que nos proporciona Jesucristo. El Evangelio de hoy es muy apropiado para meditar sobre estas cuestiones.

Con mis mejores deseos de paz y bien, buen día.

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.

Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera» (san Mateo 11, 28-30)

Meditación del corazón

Cuando medito y dejo que los pensamientos pasen por mi mente como partículas de polvo arrastradas por el viento, el silencio se convierte en un invitado familiar y querido.

Hay tantas cosas que me transmite ese estado de quietud, que resulta difícil describirlas. Ante todo, el aparente «no hacer», quedar ajeno al tiempo; pero un día me di cuenta de que había algo más de lo que ya he hablado en otras ocasiones: el tomar conciencia de mi propia realidad, una vivencia que Jesús señala como el «Reino de Dios» en nosotros. No es fácil llegar a ese estado. Duele que nuestra conexión con la Creación se pueda desvanecer con tanta facilidad, por eso para muchas personas, incluso creyentes y «muy practicantes», el silencio es desgarrador.
Entiendo que estas situaciones tienen matices distintos en función de la ubicación geográfica de cada persona, que hay tradiciones religiosas como el hinduismo o el budismo donde se profundiza en estados mentales no tan fáciles de conseguir. Surge la buscada «iluminación», o el «despertar». Es igual. Distintas palabras para hablar de la mismo. Por esa razón, cambiar de tradición religiosa, pudiendo nutrir nuestro intelecto, no conlleva ninguna transformación esencial. Es cambiar unos dogmas por otros. Así de simple. Y claro, al cabo de un par de años los nuevos dogmas asumidos se convierten también en losas, incomprendidos muchas veces por las dificultades del idioma y por las diferencias culturales. Es difícil dejar atrás lo que teníamos. Se siente como una batalla entre aferrarse a los recuerdos y aceptar que estamos en caminos diferentes aunque tengan el mismo destino.

Así las cosas, debemos tener la esperanza de que en algún momento podamos reconstruir una conexión con nuestro interior y descubrir ese «Reino de Dios», como afirmo en otros comentarios. Evidentemente esto no se consigue con devociones y normas eclesiásticas sino con un asumir lo que somos capaces de llegar a conseguir teniendo las ideas claras. Y todo esto depende, claro está, de nuestra propia voluntad y la confianza que depositemos en Jesús de Nazaret. Todo lo demás no deja de ser ruido de fondo.

Seguimos caminando. Con amor y paz, buen día.

“Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios” (san Lucas 11, 27-28).

Transición

Fin de semana de transición. Muchos han regresado de vacaciones, otros las toman ahora. Vuelta a la normalidad, a lo cotidianidad… Empieza el nuevo curso académico. Colegios, institutos, centros universitarios… todos a clase. Los días pasan a una velocidad de vértigo. Por eso, es conveniente parar, reflexionar, meditar, orar, disfrutar del aire libre, de la naturaleza, ¿qué ves?, ¿qué oyes?, ¿qué saboreas?, ¿qué hueles?, ¿qué percibes?

Promover la paz desde el amor.

Necesitamos tener una relación correcta con las personas, para que otras personas puedan amarnos en niveles más profundos y para que nosotros también podamos amarlos. Nada más abre el espacio del corazón de una manera tan positiva y continua.

Para mantener abierto el espacio del corazón, precisamos algo de curación con respecto a las heridas que llevamos del pasado. Y todos tenemos esas heridas. Aquí es cuando sabemos que el trabajo que debemos hacer nos llevará a lugares a los que quizá no queramos ir.

Desde esa relación correcta y amorosa, promover la paz es todo menos un esfuerzo tranquilo y silencioso. Se necesita una mente clara, un espíritu firme y un alma valiente para intervenir entre personas cuyas emociones están tan excitadas que están dispuestas a destruirse unas a otras. Más que nunca esta tarea es prioritaria.

Paz y bien.

“Ánimo, hijo, tus pecados son perdonados” (san Mateo 9, 1-8).

(Foto: Pasaje Gutiérrez. Valladolid).

El Campo Grande de Valladolid

Cuantas veces me habré sentado en estos bancos del Campo Grande de Valladolid, un impresionante espacio natural de casi doce hectáreas en el que podemos disfrutar de 70 especies vegetales y más de 30 especies de animales.

Allí leí prácticamente toda la poesía española y algunos otros libros, sin importarme la fecha del año. También meditaba y rezaba en silencio, contemplando el entorno.

El parque sigue ahí pero yo estoy lejos. Volveré, espero, y pasearé por sus caminos, me pararé a observar las aves en el estanque y soñaré con un mundo mejor…

Seguimos. Paz y bien.